"Yo soy el primero que ha descubierto la verdad, debido a que he sido el primero en sentir -en oler- la mentira como mentira".
Friedrich Nietzsche, Ecce homo.
Según Nietzsche, la verdad es una consecuencia de lo que Ortega llamaba la "instalación imperfecta" del ser humano en la naturaleza. El ser humano se encuentra siempre a medio camino entre las facilidades ya aprovechadas y las dificultades aún no vencidas. De ahí que su relación con la naturaleza sea esencialmente problemática y que no tenga otra alternativa que buscar remedio a esa situación originaria de desamparo. A partir de aquí surgen las divergencias entre el pensamiento de Nietzsche y el de Ortega.
Ortega creía que para remediar su esencial precariedad frente a las potencias naturales el ser humano recurre a la técnica, que es una rectificación de su entorno para conseguir que la satisfacción de sus necesidades deje de ser un problema que ocupe la mayor parte de su tiempo. Por eso, para Ortega "la técnica es un esfuerzo mucho menor con el que evitamos un esfuerzo mucho mayor". En cambio, para Nietzsche, la manera de paliar la biológica indefensión del ser humano frente a la naturaleza es a través del lenguaje.
El lenguaje nos permite agrupar una heterogeneidad de diferencias individuales bajo un único concepto que las simplifica. Los conceptos no son utilizados para designar la singularidad de un hecho u objeto concreto, como hacía el personaje de Borges, "Funes, el memorioso", sino para designar una multiplicidad de objetos u hechos similares. A Funes le irritaba que el lenguaje no fuera capaz de dar cuenta de las diferencias existentes en la realidad, incluso entre los seres que pertenecen a una misma clase, y le irritaban cosas como "que el perro de la tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)". Por eso, Funes era incapaz de realizar generalizaciones abstractas: no conseguía equiparar la homogeneización llevada a cabo por el lenguaje con el poder de su prodigiosa memoria.
Al perder contacto directo con la diferencia y la singularidad, el lenguaje nos permite etiquetar, interpretar e incluso cambiar una realidad que ha perdido su naturaleza huidiza y caótica para convertirse en una totalidad coherente y ordenada. Gracias al lenguaje, el ser humano se transforma en un animal simbólico, "creador de metáforas" que simplifican la existencia, y el universo en una realidad manipulable. Establecer y discernir categorías lingüísticas constituye una suerte de guía para la supervivencia colectiva.
Nietzsche opina que el ser humano busca la verdad, no por afán de sabiduría, ni siquiera para ser mejor que sus semejantes, sino por el mismo motivo que Hobbes buscaba el "contrato social": para evitar la autodestrucción y asegurarse una convivencia pacífica.
Por razones de supervivencia y seguridad el ser humano ha adquirido la costumbre de mentir gremialmente. En este sentido, la verdad no es más que una mentira socialmente aceptada.
Cuando el ser humano se olvida de que es un "animal simbólico", un "sujeto artísticamente creador" que se refugia en la seguridad de un puñado de metáforas para reducir un ambiente amenazador y asegurar la reproducción de la especie, entonces empieza a creer en la verdad, no como una invención suya, sino como un reflejo inmutable y eterno de la "cosa en sí".
A partir de esa creencia, el ser humano se postula como dueño y señor de cuanto le rodea, cuando en realidad no es más que la víctima de sus propias fantasías y fabulaciones. El único ser capaz de creerse sus propias mentiras.

Camus decía que la libertar consiste en primer lugar en no mentir. Pero esa es una frase de catálogo porque el propio Camus tuvo que aferrarse a muchas mentiras que hizo pasar como verdades ante sí mismo. Cuando la Guerra de Argelia pasó una prueba muy clara: él era argelino, y por lo tanto francés, y al final tuvo que mentirse para decir que amaba tanto a su patria que por eso mismo no podía ser nacionalista. Lo que nunca quedó claro es lo que él entendía por "su" patria, si Francia o Argelia.