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"Un pasado creíble sólo puede ponerlo por escrito un novelista, un mentiroso que ha hecho profesión de la mentira".
Juan Carlos Onetti, Cuando ya no importe.


La autobiografía de Mario Vargas Llosa, El pez en el agua, mantiene la misma estructura binaria que ya había ensayado en novelas como El hablador o La tía Julia y el escribidor, y que consiste en que los capítulos sobre la trayectoria literaria del escritor se alternan con episodios que describen profusamente su batalla política por la presidencia de Perú en el año 1990.

El pez en el agua fue escrito precisamente después de que Vargas Llosa perdiese esa batalla política frente a Alberto Fujimori. El hijo de Vargas Llosa, Álvaro, que también se volcó en la campaña, ha contado en alguna entrevista que toda la familia temía que aquel varapalo político hubiese perjudicado de forma irreversible a su padre, en el sentido de que le hubiese impedido regresar al camino de la creación literaria, que tan buenos frutos le había proporcionado hasta ese momento.

Vargas Llosa recortado.jpgPor suerte, se equivocaron en el pronóstico y, al parecer, la escritura de El pez en el agua le sirvió a Vargas Llosa para "exorcizar" los demonios políticos, sociales y económicos de su país que le acosaban desde hacía mucho tiempo; para resarcirse del resquemor por haber perdido las elecciones después de haber acariciado la victoria con la punta de los dedos; y, también, para volver a encauzar sin mayores dificultades su quehacer literario después del largo paréntesis que supuso la campaña electoral. Como dice Ernesto Sábato, la pulsión literaria surge frente a situaciones extremas para dar sentido al caos de la existencia, y eso fue lo que posiblemente consiguió Vargas Llosa: curarse las heridas después de volver a situar la literatura, y no la política, como principio rector de su vida.

Las partes del libro que tratan sobre política, en las que Vargas Llosa explica las múltiples motivaciones que llevaron al escritor internacionalmente reconocido que ya era por entonces a entrar de lleno y con todas las consecuencias en la arena política, a menudo se convierten en meros panfletos políticos, cargados con frecuencia de datos estadísticos y justificaciones sobre lo que parece a todas luces injustificable, la controvertida posición en materia económica del aspirante a presidente.

Vargas Llosa defiende una suerte de neoliberalismo cuya máxima fundamental es la ausencia de restricciones por parte del Estado a los agentes económicos para la libre creación de riqueza y bienestar. Conseguida dicha riqueza, la política fiscal del Estado se encargaría de arbitrar las medidas oportunas para la redistribución de esa riqueza en virtud del nivel socioeconómico de la población, de tal forma que todos los agentes resultasen beneficiados en esta redistribución. Hasta aquí el razonamiento de Vargas Llosa parece impecable. Lo que no señala en ninguno de los capítulos del libro es que esta teoría económica puede fomentar una suerte de libre albedrío económico en el que en un mundo ya de por sí separado por lobos y corderos, los lobos sean aún más lobos, los corderos sean aún más corderos, y los lobos tengan aún menos cortapisas para comerse a los corderos. Es decir, una teoría económica que, en lugar de paliar las desigualdades sociales y económicas, en buena medida las justifica y fomenta.

Para los amantes de la literatura, en cambio, la parte del libro que versa sobre su trayectoria como escritor resulta mucho más edificante, porque permite conocer el caldo de cultivo donde se fueron fraguando obras que ya son imprescindibles para muchos lectores que nunca podrán agradecer suficientemente al juego político que Vargas Llosa perdiese aquellas elecciones a la presidencia de Perú.

(Artículo incluido en el libro Llueve sobre mojado (Beginbook, 2012), de reciente publicación).

"Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo. Sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen".
Tony Judt, Algo va mal.


Como el viento huracanado que una vez asoló Macondo, esta crisis interminable que dura ya cuatro largos y austeros años amenaza con tirar por la borda los proyectos improbables, las esforzadas voluntades, los sueños inasequibles de buena parte de la población que mira con desesperanza un porvenir absurdamente dilapidado.

Ahora todo se nos aparece bajo la áspera, macilenta luz de lo ajeno y extraño, como en las intrigas más pesimistas de Onetti, y hasta el mero ejercicio de vivir parece haberse vuelto tan laberíntico e imbricado como los relatos fantásticos de Borges.

Cada día es más difícil encontrar motivos para lo que antes hacíamos con normalidad, aquello en lo que ni siquiera reparábamos porque era común y cotidiano, cercano, rutinario. Ir al trabajo, hacer la compra del mes, reparar el coche, programar vacaciones, desde hace algún tiempo se han convertido, si no en actos heroicos, al menos en constantes luchas agónicas contra los elementos. Una pugna a vida o muerte contra los números rojos con los que los bancos, dueños lujuriosos del dinero, pretenden mancillar lo poco que queda de nuestros esforzados, exiguos ahorros.

Isa1.jpgDesde primera hora de la mañana los medios de comunicación se confabulan para arruinarnos el día con noticias apocalípticas. Ayer le tocó el turno a la penúltima caída de la bolsa, hoy al aumento de la suspensión de pagos en las empresas, mañana al ineludible rescate económico de algún mísero país endeudado. Y en todo momento, el ubicuo fantasma de la prima de riesgo habitando esta casa en ruinas que amenaza derrumbarse, como aquella desvencijada mansión decimonónica de aquel cuento de Edgar Allan Poe, con todos dentro.

Quizás nuestros políticos se esfuercen por corregir las malas tendencias, pero es poco probable que sean capaces de vislumbrar la realidad oculta tras las estadísticas y los algoritmos económicos, e inimaginable que camino del trabajo se detengan a contemplar la desesperanza implacable, tenaz, insobornable, en las caras de la gente.

Es unánime la sospecha de que esos políticos que deberían servir, no a los intereses particulares sino al bien común -palabras mayores en tiempos de indigencia, de indisimulada corrupción-, olvidan con demasiada facilidad que las cifras del paro no son meros datos estadísticos de recursos humanos, sino el drama cotidiano de muchas familias desahuciadas por la vida. (Más de cinco millones de ciudadanos que imploran la posibilidad de "trabajar para vivir"; ingenuo quien se le ocurra defender aquello de "vivir para trabajar".)

Uno teme que a fuerza de ser constantemente repetida, nos hayamos vuelto insensibles ante tanta negatividad. Nadie desea vivir eternamente en el infierno. La indolencia, la otra reina del carnaval en estos tiempos. Junto con las dramáticas cifras de la catástrofe que evidencian el derrumbe del orden (¿orden?) mundial, desfilan las últimas hazañas de los héroes del fútbol, deporte nacional elevado a la categoría de nuevo opio del pueblo. Frente a tanta miseria y desigualdad, nos rendimos ante héroes postizos que ganan y gastan lo que nosotros ni siquiera podemos imaginar.

No parece haber luz al final de este túnel. Por primera vez en mucho tiempo se prevé un futuro en el que es probable que los hijos vivan por debajo de las condiciones en las que lo hicieron sus padres. Y lo peor de todo es que, interrogados por las causas de tanta infamia, esos padres no tendrán ninguna respuesta que ofrecer, salvo un luctuoso silencio.

"Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y las llaman Estado: éstos suspenden encima de ellos una espada y cien concupiscencias.
Donde todavía hay pueblo, éste no comprende al Estado y lo odia, considerándolo mal de ojo y pecado contra las costumbres y los derechos".
Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra.


Superada la primera y más delicada fase de cualquier movimiento reivindicativo o utópico, la titubeante fase de constitución y organización de los que desean participar en él, si el 15M quiere sobrevivir al paso del tiempo y no quedar como una invisible nota a pie de página o como un mero apéndice de una época de agravios históricos, este no puede conformarse con esbozar una ética de mínimos, sino que debe aspirar a una ética de máximos que sirva de guía para transformar la sociedad, como las utopías que en su momento fueron diseñadas por Platón o Marx.

Entre otras reivindicaciones y transformaciones en diversos ámbitos sociales, esa ética de máximos debería contener en su ideario de forma explícita dos reformulaciones esenciales para afrontar con ciertas garantías de progreso los tiempos turbulentos que vivimos: las que atañen al concepto de ciudadanía y al concepto de política.

Imagen Thumbnail para marx.jpgEl nuevo ciudadano ya no puede limitarse a elegir cada cuatro años a unos políticos anclados en el poder que les otorga su cargo y en los que ya no se siente representado, ni puede delegar su responsabilidad cívica ante ellos, sino que debe participar activa e ininterrumpidamente en los problemas y preocupaciones que pertenecen a la res publica y que afectan a todos por igual, se dediquen profesionalmente o no al ejercicio de la política.

En vez de fomentar la pasividad y la desidia, maliciosa costumbre con un arraigo consolidado en el seno de nuestra sociedad, se debe apostar por un modelo de ciudadano altamente politizado y comprometido con las fracturas de la realidad histórica de su tiempo. Como señalaba Vicente Verdú en un artículo titulado "El estómago del colapso" (El País, 22/10/11), la dramática situación actual debería alumbrar una nueva época "habitada por ciudadanos nacidos de este forzado autoclave material y moral. Hombres y mujeres con diferentes modos de ser y de querer, traspasados por convicciones que darán valor a la colaboración frente a la competitividad, a la pausa frente a la celeridad y a la creatividad frente a la hipertrofia".

Asimismo sería deseable una reformulación de una política no entregada ni corrompida, ni siquiera deudora, de los intereses económicos de los mercados financieros. En otro artículo de la misma época que el anterior ("Molesto, luego existo", El País, 30/10/11), Juan Goytisolo escribía lo siguiente: "Hablo del Casino Global en el que vivimos. Del sometimiento de los partidos políticos y Gobiernos, cualquiera que sea su programa, a las leyes y caprichos del dios Mercado. ¿Quién ha elegido a los señores de las agencias de notación de riesgos para que jueguen al pimpón o al parchís con la vida del noventa y tantos por ciento de la humanidad? Esta situación es insostenible y, por consiguiente, tarde o temprano se vendrá abajo".

Ambas reformulaciones, la del concepto de ciudadanía y la del concepto de política, son decisivas para que los ciudadanos contemporáneos dejen de ser esos "individuos barnizados de soledad" de los que hablaba Vicente Verdú en su artículo, y la política actual deje de ser el terreno de juego de los mercados financieros. Sólo así conseguiremos que ambas, la política y la ciudadanía, vuelvan a ocupar el lugar que le corresponde por naturaleza en la vida social. Y el ideario defendido por el 15M debería tener mucho que decir al respecto.

"De este modo los gobiernos evidencian cuán fácilmente se puede instrumentalizar a los hombres, o pueden ellos instrumentalizar al gobierno en beneficio propio".
Henry David Thoreau, "Desobediencia civil".


Dentro de poco se conmemorará el primer aniversario del 15M, y ya se empiezan a oír de nuevo algunas voces en su contra, como las de muchas personas que descalifican su ideario por ser excesivamente utópico y consideran sus movilizaciones un mero episodio del pasado sin mayor trascendencia.

A pesar de que haya pasado ya un año desde aquellas movilizaciones reivindicativas y espontáneas, lo de la trascendencia aún está por ver, sobre todo después de que las medidas del nuevo gobierno -por ejemplo, su controvertida Reforma Laboral- no hayan impedido que la crisis continúe cebándose con los más desfavorecidos. Pero tachar al 15M de ser un movimiento utópico, como hacen sus detractores, es igual de absurdo que acusar al agua de ser excesivamente líquida o al fuego de dar demasiado calor.

Platón Cualquier movimiento reivindicativo que se precie de llevar ese calificativo, como lo fueron en su momento las revueltas estudiantiles del 68, debe ser necesariamente utópico (del griego, ou, "no", y tópos, "lugar"). Etimológicamente, lo utópico es lo no existe en ningún lugar. Fue a partir de Tomás Moro que se consolidó la denominación "utopía" para designar cualquier proyecto que no existe de facto, pero que aspira a convertirse en un modelo o referencia para el cambio hacia una sociedad más justa e igualitaria.

Desde la República diseñada por Platón, el primero de los grandes filósofos utópicos, hasta la "sociedad sin clases" preconizada por Marx, pasando por la Utopía de Moro, cada cierto tiempo surge un nuevo proyecto social y político que aspira a convertirse en un ideal a alcanzar por el conjunto de la sociedad.

A pesar de las enormes diferencias que existen entre ellas y de las diferentes coordenadas éticas desde las que fueron pensadas -por ejemplo, guiado por su ingenuo "intelectualismo moral", en la actualidad nos escandalizan las ideas antidemocráticas, clasistas y elitistas de Platón-, todos los filósofos que han diseñado una utopía se han caracterizado por considerar la época en la que vivían como una etapa histórica profundamente corrupta y decadente. De lo contrario, ningún sentido tendría dedicar gran parte de sus desvelos y esfuerzos intelectuales en pensar cómo el conjunto de la sociedad podría vivir mejor.

Platón nunca hubiese escrito su República si la democracia de su época no hubiese condenado a muerte -convirtiéndolo en el primer mártir de la historia de la filosofía- a la persona que él consideraba no sólo el filósofo más sabio e inspirador, sino el ser humano más justo de su tiempo, su amigo y maestro Sócrates. Tampoco la hubiese escrito si no hubiera considerado que una buena parte de la corrupción y la decadencia de su época se debían al relativismo, el convencionalismo y el escepticismo propugnados por los sofistas, educadores oficiales en la Atenas de Pericles que vendían sus conocimientos sobre retórica al mejor postor.

Otro tanto podría afirmarse de Marx, que nunca hubiese escrito El Capital de no ser porque interpretó que las relaciones jerárquicas establecidas en las "relaciones de producción" contribuían a un histórico antagonismo de clases. Por eso, para Marx el capitalismo no era más que la penúltima etapa de una Historia que desde siempre, primero en la etapa esclavista y luego en la etapa feudal, ha fomentado la alienación de una clase social dominante -los dueños de los medios de producción- sobre otra clase social dominada -los que ofrecen su fuerza de trabajo, que es lo único de lo que disponen, a cambio de un salario mínimo-.


"Puedo parecer pesimista, pero mi impresión es que, con una irresponsabilidad tan grande como la de nuestra irreprimible vocación por el juego y la diversión, hemos hecho de la cultura uno de esos vistosos pero frágiles castillos construidos sobre la arena que se deshacen al primer golpe de viento".
Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo.


Por los numerosos ensayos que contiene su bibliografía, diríase que Vargas Llosa se siente igual de cómodo escribiendo una novela que un ensayo. Después de El sueño del celta y tras la concesión del Premio Nobel de Literatura, que pocas veces en su historia generó una corriente de opinión favorable tan unánime, publica La civilización del espectáculo, un ensayo sobre el deterioro de la cultura en la sociedad occidental contemporánea.

Dentro de su producción ensayística, que engloba títulos como García Márquez: historia de un deicidio, La orgía perpetua, El viaje a la ficción, La verdad de las mentiras o Cartas a un joven novelista, su último libro representa un sutil pero importante giro, si no en cuanto a la forma, que ejemplifica magistralmente aquella máxima orteguiana que exigía claridad a los filósofos, al menos en lo que refiere al contenido. Porque a diferencia de sus ensayos anteriores, en La civilización del espectáculo Vargas Llosa no diserta sobre la obra de un escritor ni sobre teoría literaria, sino sobre la cultura, un tema en apariencia más afín para un filósofo o un sociólogo.

En coherencia con el mandato borgesiano que señalaba la necesidad del escritor de buscar a sus precursores, Vargas Llosa se entregó en sus ensayos anteriores a la tarea de rastrear en la obra de otros autores la razón de su propio quehacer literario.

Al definir la figura del escritor como un "deicida" que juega a suplantar la omnipotencia de Dios en el ámbito de la ficción (García Márquez: historia de un deicidio), al describir el origen de la literatura como consecuencia de una profunda rebeldía del escritor que usa la literatura para "corregir" los defectos y las imperfecciones de su realidad circundante (El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti), al analizar el titánico proceso creativo que dio lugar a Madame Bovary (La orgía perpetua), en realidad Vargas Llosa no hacía más que seguir el inveterado consejo de Borges: buscar en otros autores un espejo de sí mismo.

Imagen Thumbnail para Vargas llosa.jpgComo muestra el tono indisimuladamente autobiográfico que adopta en ellos, el lector de estos ensayos sospecha que esa búsqueda de la pulsión artística en García Márquez, Onetti o Flaubert no es más que la excusa de Vargas Llosa para crear su propia genealogía. Un ejercicio de búsqueda y autoconocimiento que prolongó en otros ensayos literarios como La verdad de las mentiras y Cartas a un joven novelista.

Pero sería una burda y estéril simplificación decir que el Vargas Llosa de La civilización del espectáculo es sólo un novelista reconciliado con la tradición. Además de esto, es un escritor en el cénit de su carrera que se siente igual de cómodo al hablar de otros temas que no se ciñen exclusivamente al ámbito de la literatura, un intelectual al que no le atemoriza ejercer como tal en tiempos de indigencia cultural.

Para el lector acostumbrado a leer sus artículos periodísticos, La civilización del espectáculo no viene a decir nada nuevo, sino que más bien ordena, unifica y consolida algunas de las opiniones que ya habían sido esbozadas previamente en ellos. De hecho, el propio libro recopila una selección de esos artículos periodísticos como "antecedentes" de las principales tesis expuestas en él.

La civilización del espectáculo denuncia la decadencia de la cultura actual, reducida casi exclusivamente a un mero vehículo de diversión y entretenimiento para la mayoría de la población. Según Vargas Llosa, vivimos en "un mundo donde el primer lugar de la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal". Algunos de los síntomas de esta civilización convertida en espectáculo son la confusión de la calidad con la cantidad, la igualación de todos los productos culturales, la sustitución de la crítica por la publicidad, la confusión entre el precio y el valor de las obras de arte, la pérdida de la excelencia cultural. Todas estas características, y otras muchas que cabría añadir a esta lista, han contribuido a una degradación paulatina de los valores tradicionales que ha desembocado en la banalización y trivialización de la cultura occidental.

Imagen Thumbnail para civilizacion espectaculo.jpgVarios elementos actuales nos ayudan a entender este proceso de decadencia inherente a la cultura. En primer lugar, su tendencia a la frivolidad, que "consiste en tener una escala de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante -la representación- hacen las veces de sentimientos e ideas". Aunque se haya convertido en un mal generalizado, esa frivolidad sobresale últimamente en los ámbitos de la cocina vanguardista y de la moda, en parte también gracias a la publicidad, restando importancia y valor a la función primigenia de estas actividades.

En segundo lugar, la masificación que predomina en todas las manifestaciones culturales, especialmente en los deportes y la música, que propician espectáculos apabullantemente multitudinarios en los que la voluntad individual se anula en favor de la masa irracional e impredecible. En este punto, los argumentos de Vargas Llosa recuerdan, y no sólo por su eficacia, sino también por el tono, a los esgrimidos por Ortega y Gasset en La rebelión de las masas.

En tercer lugar, la primacía de la imagen sobre la lectura y la escritura que ha provocado la revolución tecnológica. En la actualidad, el cine, la televisión, internet y, en general, todos los medios audiovisuales han desplazado la importancia que tradicionalmente tuvieron los libros, la cultura escrita. Como el propio Vargas Llosa ha señalado en numerosas ocasiones, queda aún por ver si se cumplirán todos los beneficios y bondades que anuncian los fabricantes de tecnología. Mientras tanto, lo que parece un hecho incuestionable es que esas mejoras en la accesibilidad y la comodidad a la información no se han traducido de momento en más conocimiento, y mucho menos en sabiduría.

A lo largo de sus páginas, La civilización del espectáculo desgrana asuntos tan variados como la crítica, que ha desaparecido casi por completo o se ha vuelto light; la publicidad, que se ha convertido en la gran reguladora de los gustos de los ciudadanos; las drogas, que además de proporcionar placeres fáciles y rápidos, inmunizan contra la preocupación y la responsabilidad; las sectas, que liberan del desasosiego, miedo y desvarío de la extinción total; los intelectuales, que han desaparecido como la crítica, o bien han sido relegados a las facultades y a la jerga de los expertos; la especialización técnica, que en lugar de tender puentes entre las personas, las aísla, incomunica, separa; ciertas teorías filosóficas recientes, que han pretendido sustituir la "realidad histórica" por una "realidad virtual, líquida y volátil" y al "sujeto cognoscente" por un sujeto incapaz de diferenciar entre ambas.

Estos son los principales aciertos de un ensayo cuya amenidad y claridad no contradice la profundidad de sus argumentos, algo que agradecen encarecidamente los lectores del género. Pero La civilización del espectáculo también adolece de algunas carencias. Por ejemplo, la excesiva simplificación -con la consecuente trivialización- de teorías y corrientes filosóficas como el postmodernismo o el deconstruccionismo, que han originado y continúan desarrollando intensos debates a pesar de lo errático que parezcan algunas de sus propuestas.

Por otro lado, resulta decepcionante su defensa de un elitismo que renuncia indisimuladamente al proyecto ilustrado de universalización de la cultura. Para Vargas Llosa, el elitismo cultural parece ser el único remedio posible ante el fomento del "todo vale" en el ámbito de la cultura. Sin embargo, en ningún momento se plantea la posibilidad de alcanzar la democratización de la cultura a través de la educación -un tema casi ausente en todo el libro-, y asume sin asomo de pudor ni rebeldía que dicho proyecto es inalcanzable.

Con todo, en la línea de ensayos recientes como Homo Videns. La sociedad teledirigida de Giovanni Sartori, o La cultura-mundo de Lipovetsky y Serroy, La civilización del espectáculo resulta un libro imprescindible para entender el significado y el estatus de la cultura en la actualidad.

[Reseña publicada en el Canarias 7, Suplemento "Pleamar", el 2/05/2012]

"Con el nuevo ciclo de modernidad que reorganiza el mundo aparece un régimen de cultura desconocido hasta hoy. Concepto peligroso, como se sabe, pues cuando se oye la palabra cultura, hay revólveres cerca".
Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada.


A propósito de la reciente publicación del libro de Vargas Llosa La civilización del espectáculo -el primero tras la concesión del Nobel-, se han publicado últimamente numerosos artículos dedicados al tan manoseado tema del significado y estatus de la cultura, y en todos ellos los términos descalificativos y las expresiones apocalípticas no paran de sucederse.

Se utilizan términos como "decadencia", "mercantilización" o "vacuidad" para describir el estado actual de la cultura, y con frecuencia se habla de "regreso a la barbarie", de "confusión de la calidad con la cantidad", cuando no directamente de "apología de la ignorancia".

Ante tales diagnósticos nada esperanzadores cabe adelantar dos conclusiones: (1) que la situación de la cultura es paupérrima y desalentadora; y (2) que la inmensa mayoría de los agentes implicados y expertos, bien en la creación, bien en la promoción de actividades culturales, es incapaz de vislumbrar la luz al final del túnel.

Vargas llosa.jpgA pesar de que el diagnóstico es unánime, cuando se indagan los motivos que han propiciado esta alarmante crisis cultural y las eventuales consecuencias para el conjunto de la sociedad -que nadie lo dude: la educación es uno de los sectores más damnificados de esta crisis-, las razones ya no parecen ser tan claras ni evidentes.

Algunos apuntan a la obsesión por convertir todas las actividades culturales en diversión. Es la llamada "cultura del entretenimiento", que cita Vargas Llosa en su libro, cultura cuyo único valor es el beneficio: "La cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura". Una "cultura del entretenimiento" que concentra todos sus esfuerzos en ofrecer un producto tan atractivo y sugerente como fácil de olvidar.

Otros señalan la imparable velocidad auspiciada por el auge de las nuevas tecnologías, que ha provocado una nueva forma de relacionarnos con la cultura. Los que cifran las causas del deterioro cultural en este acontecimiento, como Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, denuncian que a pesar de que el acceso a la información nunca ha sido tan sencillo como en la actualidad, dicha accesibilidad no se ha traducido en un aumento del conocimiento, y mucho menos de la cultura, entendiendo por esta no solo una mera colección de saberes, sino también una cierta interpretación sobre nuestra "instalación" en el mundo. Como ya señaló Giovanni Sartori en su Homo videns. La sociedad teledirigida, esa sobreabundancia de datos no sólo no ha contribuido a mejorar los conocimientos y la sensibilidad de la ciudadanía, sino que en muchos casos ha devenido en "des-información" y en "sub-información".

Por otro lado, desde algunos sectores también se llama la atención sobre el hecho de que esta banalización de la cultura no debe separarse de una indisimulada estrategia política que consiste en el adoctrinamiento de una ciudadanía acrítica y pasiva cuyas inquietudes no pasan del viejo adagio latino panem et circenses.

Sin embargo, quizás no resulte ocioso ni superficial añadir a estos debates un más que recomendable ejercicio de autocrítica, la entonación de un mea culpa colectivo que nos recuerde nuestra responsabilidad en este asunto. Somos nosotros, los habitantes de esta "Aldea Global" en la que se ha convertido el mundo, los que consumimos esos productos culturales que luego criticamos y aborrecemos, los que contribuimos con nuestra atención y nuestro dinero a engrasar la diabólica maquinaria de la que nos quejamos.

No nos engañemos, quienes contribuyen directamente a la banalización de la cultura no son nuestros responsables políticos, ni la supuesta crisis de inspiración de los creadores, ni la desidia de los tiempos que corren, sino los mismos ciudadanos que la consumen.

[Artículo publicado en el Canarias 7 el día 16-04-12]


"Uno siempre escribe para descubrir".

José Luis Correa vive un momento profesional muy dulce. A finales del año pasado se publicó Murmullo de hojarasca, una novela que tenía "durmiendo en el cajón del escritorio" desde el año 2004. Hace poco presentó en "Barcelona Negra" Nuestra Señora de la Luna, quinta entrega de los casos del detective Ricardo Blanco, su alter ego en la ficción. Y en la actualidad está enfrascado en la escritura de la sexta entrega de la saga.

Ricardo Blanco es uno de esos personajes singulares con los que a uno no le importaría irse a tomar unas copas y charlar sobre lo humano y lo divino porque posiblemente coincidiría con él en la mayoría de los temas. Un personaje de esos que crean escuela entre los escritores del género y adicción entre los lectores, que esperan con impaciencia una nueva entrega de sus peripecias. Un personaje que se encuentra en la estela de aquellos detectives privados de corte clásico, Philip Marlowe y Sam Spade, que encumbraron a Raymond Chandler y Dashiell Hammet respectivamente, y que tantas satisfacciones han proporcionado a los incondicionales del género.

Sarcástico e irónico como Marlowe, colaborador con la policía como Spade, Ricardo Blanco recorre la ciudad de Las Palmas, transmutada en escenario de crímenes y fechorías, intentando resolver algún asesinato que trae de cabeza a su amigo, el inspector Álvarez. Como el personaje de Hammet, también tiene una secretaria, Inés, que se preocupa por él más de lo que él se preocupa por ella. Y, como a su creador, José Luis Correa, también le gusta la literatura y el cine.

-¿No tiene miedo de cansarse algún día de Ricardo Blanco?
-Sí, existe ese peligro. Hay que tener en cuenta que cuando hablamos de una saga el personaje cambia contigo, crece contigo, envejece contigo. Ese personaje va adquiriendo con el tiempo un carácter que no tenía en la primera novela. Después de tanto tiempo se establece una relación muy estrecha con él.

Pepe Correa.jpg-¿Cómo ha cambiado Ricardo Blanco desde el principio de la saga?
-Hace trece años que empecé a escribir sobre él. Al principio, cuando Ricardo Blanco tenía cuarenta y tantos años, era un tipo un tanto alegre, quizás algo frívolo. Pero esa evolución ahora le ha llevado a la madurez. Con el paso de los años, ya no está para ciertos trotes: ha cogido canas, algunos kilos y una cierta amargura. Buena parte de su personalidad tiene que ver con su faceta de detective privado. Por ejemplo, es un tipo solitario por razones obvias: uno no se puede meter en muchos líos si tiene familia porque le daría miedo lo que pudieran hacer con ella.

-¿Por eso las historias de amor le salen tan mal?
-En parte, también por eso. Hay que pensar que el solitario disfruta con la soledad. Por otra parte, la vida es un constante movimiento entre el amor y el desamor. De todas formas, eso ya ha cambiado en las últimas novelas y, en esta última, se nota todavía más.

-Después de tantas novelas, ¿qué le sigue aportando este personaje?
-Yo todavía no me he cansado de él, no tengo ningún hartazgo del personaje porque supongo que sigo volcando en él mis propios anhelos y obsesiones. Sigo disfrutando mucho, continúo jugando con él. Antes mis amigos me decían que Ricardo Blanco hablaba como yo, y ahora me dicen que soy yo el que hablo como Ricardo Blanco. Lo que le gusta a Ricardo Blanco son en esencia las mismas cosas que me gustan a mí, como el cine o la literatura.

-¿Es cierto que la lectura nos conduce a la escritura?
-Yo creo que la lectura y la escritura están muy unidas. La diferencia entre ambas es como la diferencia entre entrenar y competir. No se puede competir si no entrenas. Y el entrenamiento del escritor es la lectura.

-¿Cómo concilia el protagonismo que reclama este personaje con el resto de su producción literaria?
-Esta es la primera vez que no intercalo una novela de Ricardo Blanco con otras novelas de temática diferente, que es lo que había hecho hasta ahora para concederme un tiempo, ganar un poco de frescura, irme por otros derroteros y darme un descanso de Ricardo Blanco. Por ejemplo, después de Quince días de noviembre empecé a trabajar en Una canción para Carla. Después de Muerte en abril escribí Murmullo de hojarasca, que se publicó hace poco a pesar de ser una novela que terminé en el año 2004. Después de Muerte de un violinista escribí una novela que transcurre en un tanatorio y está inédita. Y después de Un rastro de sirena, terminé una novela erótica que anda por ahí sin publicar. En mi página web, los lectores pueden encontrar otra novela entera de noventa páginas.

"Antes mis amigos me decían que Ricardo Blanco hablaba como yo, y ahora me dicen que soy yo el que hablo como Ricardo Blanco".


-Sin embargo, esta otra faceta suya no parece haber tenido tanto éxito como las novelas sobre Ricardo Blanco...
-Es que son los propios lectores los que demandan este tipo de novela. Con Nuestra Señora de la Luna por primera vez me ha pasado que la editorial me apremiaba para que la terminase, después de más de quince años que llevo escribiendo. Así que uno se plantea para qué se esfuerza en publicar otras novelas si con las de Ricardo Blanco no sólo estoy disfrutando, sino que además son las que el público quiere.

-Sus novelas policíacas han sido traducidas al inglés, al alemán, al finés y al italiano...
-Yo creo que la novela negra es válida en cualquier sitio porque, en el fondo, describe situaciones que ocurren en todos los lados. La novela negra habla de corrupción, de ambiciones, de celos, de muerte, de pasiones, en definitiva, de sentimientos universales.
»De la misma forma que a nosotros nos llama la atención la novela negra sueca o noruega, a la gente de fuera le llama la atención que existan novelas negras ambientadas en Canarias. Igual que para nosotros es un descubrimiento Henning Mankel, Donna Leon o Vázquez Montalbán, para ellos es un descubrimiento leer un escritor canario que ambienta sus historias en Canarias. Mi editorial vio la oportunidad de entrar en ese juego y empezó a traducirlas a estos idiomas. Puede que dentro de poco se añada a la lista algún idioma más: hay una propuesta para traducir de una novela mía al búlgaro. Y otra al sueco.

-¿Por qué cree que gusta tanto Ricardo Blanco a los extranjeros?
-Las novelas se traducen a los idiomas de personas que vienen a veranear a Canarias. En alguna ocasión me he encontrado con lectores alemanes o italianos que me han dicho que después de leer mis novelas vinieron a Canarias y estuvieron paseando por los sitios que menciono en ellas. También ocurre al revés: personas que veranearon aquí y luego leen las novelas para recordar los lugares en los que estuvieron. También hay un proyecto de la Universidad para elaborar un itinerario por la ciudad de Las Palmas a través de mis novelas. La idea es parar en ciertos lugares que se mencionan en ellas y leer algunos fragmentos.

-¿Qué le aporta el género negro que no consigue aportarle una novela convencional?
-Yo no hago esa distinción entre géneros. Cuando estoy escribiendo algo que no es novela negra me aporta las mismas sensaciones. Uno siempre escribe para descubrir. En un artículo que leí, creo que era de Javier Cercas, decía algo así como que uno escribe más sobre lo que le gustaría aprender que sobre lo que ya conoce. Lo que a mí me gusta es escribir historias. Yo no me considero un escritor, sino un narrador. El escritor es alguien que puede pasarse páginas y páginas debatiéndose con el manejo del lenguaje, con la filosofía, etc. Javier Marías es un escritor, por ejemplo. Yo solo soy un contador de historias.

-¿Se encuentra actualmente la literatura canaria demasiado polarizada por el género negro?
-No. Además, el género negro es muy amplio. En el momento que tratas algún tema social como la crisis, la corrupción o la inmigración ilegal, estamos hablando de género negro. En la actualidad, la novela social es la novela negra.

-¿Y no cree que esa abundancia de novela negra en Canarias responde a criterios comerciales?
-El problema es que aunque los escritores canarios prueben otros registros los lectores no los compran. No hay que olvidar que se edita tanta novela negra porque los lectores la compran. Y hay un público muy fiel de novela negra.

Pepe Correa2.jpg-Desde hace algún tiempo se habla de la "muerte del lector sólido" que busca algo más que entretenimiento en las novelas. ¿De veras se encuentra en crisis los potenciales lectores de las novelas?
-Yo no tengo tan claro esa muerte del lector que busca algo más que entretenimiento en las novelas. De acuerdo que la novela sirve para reflexionar, para aprender, para descubrir mundos, etc. Pero la novela también tiene un alto porcentaje de entretenimiento. Los lectores se ganan entreteniéndolos. No se puede ganar como lector a un niño o a un adolescente si no conseguimos entretenerlos, por la sencilla razón de que tienen mucha tecnología alrededor que los entretiene mucho mejor.
»Por otro lado, este mundo de la tecnología es muy vertiginoso, salta de un lado a otro muy rápidamente. A ese niño o adolescente que maneja toda esa tecnología le falta el poso, el tempo, el detenimiento, el disfrute de la lectura. Es un lector compulsivo que pasa de una ventana a otra en el ordenador. Es una sobreabundancia de información que les lleva a la confusión, y a la desinformación en última instancia. Eso sí lo noto, sobre todo, en los lectores más jóvenes.

-¿Entonces tampoco cree en la tan repetida "muerte de la novela"?
-Yo no creo que la novela esté en crisis. Una boutique cambia el escaparate una vez cada tres meses. En cambio, una librería lo cambia cada quince días. Cada dos semanas llegan a las librerías doscientos libros nuevos. En la actualidad se publica y se lee más que nunca. Ahora bien, el lector sí es diferente, en el sentido que mencioné anteriormente.


"La novela negra habla de corrupción, de ambiciones, de celos, de muerte, de pasiones, en definitiva, de sentimientos universales".


-A juzgar por su experiencia en los talleres literarios que ha impartido, ¿cree que existe una buena cantera literaria en Canarias?
-Sí. Hay mucha gente que tiene rutina de escritura y que se toma la literatura muy en serio. Por ejemplo, en el G-21 [Ánghel Morales (ed.), Generación 21: nuevos novelistas canarios] salieron doce escritores, y se criticó mucho la ausencia de otros autores. Se creó una cierta polémica porque había muchos más nombres que añadir a esta antología.
»A mí no me preocupa tanto que existan pocos escritores como el hecho de que existan malos escritores, que son los que espantan a los lectores y los que dan mala prensa a la literatura canaria. Después está el problema del aislamiento. La mayoría de los escritores están publicando en editoriales locales que no tienen mucha proyección.

-¿Y cómo podría solucionarse ese problema?
-El problema es más de distribución que de edición. Si uno tiene una buena novela, bien editada, pero después no cuenta con un distribuidor que la distribuya por las librerías, entonces no hay nada que hacer. A mi juicio, lo que siempre ha fallado en Canarias es la distribución.
»Esto es algo que yo le demando a la política. Yo no pretendo que el gobierno me subvencione, sino que me ayude a distribuir mis libros en las librerías canarias. Ni siquiera estoy planteando la posibilidad de que distribuya en la Península. El problema es que mis novelas no llegan a Fuerteventura, por ejemplo. Por ahí nos estamos desangrando: hay muchos autores canarios escribiendo cosas muy interesantes pero que no se ven porque no están en las librerías. Si después el lector prefiere leer otros autores como [Henning] Mankell está en su derecho, pero que nunca diga que lee otros autores porque desconoce lo que hacen los escritores canarios. Y hablamos de literatura, pero este mismo razonamiento podría extenderse, por ejemplo, a la música, al arte, etc.

-¿Por qué sigue siendo Madrid un destino demasiado lejano para los escritores canarios?
-Tiene que ver con la respuesta anterior. Si ni siquiera nos conocen los lectores canarios, ¿cómo vamos a pretender que nos conozcan fuera? Antes hablábamos de la distribución; también es un problema de promoción. El problema no es que estemos lejos, sino que no nos conocen. Los lectores que conocen lo que escribimos aquí nos valoran positivamente. De hecho, en la "Barcelona Negra" de este año hubo una mesa redonda dedicada a nuestra literatura.

-¿Qué le ha aportado a nivel personal y profesional trabajar en sus talleres literarios con estos aspirantes a escritores?
-Me gusta mucho la tarea de descubrir nuevos valores literarios. Me siento orgulloso de que haya escritores que han pasado por mis talleres y que ahora están publicando. Me aporta la posibilidad de dar lo que yo mismo he recibido. Yo tengo la suerte de publicar lo que escribo y el trabajo en los talleres es una manera de devolver esa suerte que yo he conseguido ofreciendo a los demás lo que uno pueda saber y ayudando a los que están empezando.

-¿Tiene algún hábito de trabajo o improvisa a medida que escribe?
-Yo descubrí las horas del mediodía para escribir. Suelo comer leyendo el periódico. Y luego, después del café, de mi copa y mi puro, empiezo a escribir. Primero reviso las últimas páginas que escribí el día anterior para coger el tempo, la melodía, el tono. A partir de ahí, sigo escribiendo durante una hora o una hora y media. Hay días en los que ese tiempo me da para un párrafo, y otros días en los que me da para cuatro o cinco páginas. Cuando llego a casa por la noche, me siento delante del ordenador y lo paso a limpio. En realidad hago una doble revisión: una al empezar a escribir, y otra al pasar el nuevo material al ordenador.

-Por sus palabras deduzco que escribe a mano...
-Sí, escribo a mano. Normalmente escribo en la parte trasera de folios que reciclo. Y cuando esos folios se me acaban, porque cogí pocos o porque tengo un día inspirado, escribo en una "Moleskine". Para mí escribir a mano no es un contratiempo porque me da una pausa, un tempo que no me da el ordenador. Pasar todo lo que escribo al ordenador me permite, además, introducir nuevas modificaciones sobre lo escrito. Es una rutina que viene muy bien porque me permite trabajar constantemente lo que escribo.

-¿Y alguna manía a la hora de sentarse a escribir?
-Aparte de mi café, mi copa y mi puro, me angustian mucho los plazos de tiempo. Por ese mismo motivo dejé de colaborar en la radio. Cada semana leía un artículo sobre temas variados y dejé de hacerlo porque me agobiaba pensar que no llegaba a tiempo. Yo prefiero escribir a mi ritmo. Por eso no tengo tan claro que quiera ser un escritor a tiempo completo y tener una editorial obligándome a terminar en una fecha concreta.

"Hay que repetirlo: nuestra escuela no funciona. Pide un zarandeo, sin duda una reforma intelectual profunda, para reorientarla y ponerla en condiciones de honrar sus promesas de educación y movilidad social".
Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, La cultura-mundo.


Hay que ser muy ingenuo, o muy demagogo, o muy cínico, para afirmar que los numerosos y decisivos recortes planeados en educación para un futuro a corto plazo -ratios más grandes en las ya de por sí masificadas aulas, eliminación de la optatividad en el bachillerato, aumento del número de horas lectivas del profesorado, cobertura de las bajas solo a partir del décimo día- no van a afectar, ni siquiera un poco, a la calidad educativa y quedarse tan ancho.

Desde hace ya varios años, y por mucho que deseen maquillar la evidencia los responsables políticos de turno, cada vez que llega el tan temido Informe PISA o el Informe de la OCDE sobre la educación, nos muestra con profusión de datos y estadísticas que España tiene uno de los peores sistemas educativos de Europa. No digamos nada de su paupérrima situación en Canarias.

Después de leer esto, muchos se apresurarán a desacreditar mi punto de vista con alguna artimaña y objetarán que todo el mundo sabe que las estadísticas no son en absoluto fiables y que los datos a menudo mienten. En eso estoy absolutamente de acuerdo. Pero a todos los que crean que no sé de lo que hablo les invito a que se den una vuelta por los alrededores de cualquier instituto al comienzo o al final de la jornada, e incluso si tienen ganas, que se atrevan a entrar en algunas de las aulas en las que se imparte clase. Y luego me cuentan.

pizarra.jpgPara aquellos que no tengan ganas de liarse la manta a la cabeza -comprensible-, les recomiendo una película muy ilustrativa sobre el panorama actual de la educación. Se llama La clase (2008), francesa, del director Laurent Cantet, y es de un realismo descorazonador y deprimente, como las películas del británico Kent Loach. Aunque esté ambientada en un barrio marginal de Francia, no cuesta mucho trabajo extrapolar los ambientes, personajes y situaciones que salen en ella al resto de la comunidad educativa.

Aquellos que todavía piensen que en las aulas existe, no ya un ambiente ilustrado que posibilite la instrucción del alumnado en el sentido más amplio del término -lo que debería ser-, sino un clima favorable de convivencia basado en la tolerancia y el respeto, no se imaginan cuánto ha cambiado el panorama educativo en apenas treinta años.

Probablemente, la educación sea uno de esos ámbitos en los que más se evidencia el hecho de que progreso tecnológico no siempre equivale a progreso moral. Es cierto, desde hace algún tiempo los centros educativos se encuentran en la vanguardia tecnológica: cuentan con cañones de proyección en las aulas, pizarras digitales, ordenadores portátiles y aulas específicas con conexión a internet. Pero no es menos cierto que el mantenimiento del orden y el fomento de la excelencia entre el alumnado nunca han sido tan difíciles.

Por eso es inevitable un sentimiento de desazón cuando uno comprueba cómo se desmantela con todo tipo de subterfugios y coartadas uno de los pilares básicos de nuestra sociedad. Como si ya la situación no fuera lo suficientemente grave, los políticos vuelven a meter las tijeras en aspectos que hasta hace muy poco se consideraban conquistas sociales que costaron mucho trabajo, tiempo y esfuerzo conseguirlas para el beneficio de la educación y del conjunto de la sociedad.

Ahora todo esto se encuentra amenazado. Puede que no haya otro remedio que aplicar estas drásticas medidas debido a la deriva de los tiempos que corren. Quizás no quede otra alternativa que desmantelar buena parte de lo que se ha conseguido a lo largo de tantos años y sacrificios. Pero que no vengan a decirnos que este paquete de reformas que pronto va a aprobarse va a tener una "incidencia mínima" en la calidad educativa. Porque quien dice esto tan alegremente no ha pisado ni pisará un aula en su vida.


"Si se me permite contestar de manera breve y tal vez un poco tosca, pero tras una larga reflexión: la filosofía no podrá operar ningún cambio inmediato en el actual estado de cosas del mundo. Esto vale no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los esfuerzos y afanes meramente humanos. Sólo un dios puede aún salvarnos".
Martin Heidegger, "Entrevista en el Spiegel".


Este domingo se conmemoró el centenario del que posiblemente sea el hundimiento más legendario de la historia naval. Hace cien años, el barco que se suponía indestructible, el "Titanic", se fue al fondo del mar cerca de la costa norteamericana llevándose consigo a más de 1500 almas que nunca consiguieron regresar a tierra.

La historia del "Titanic" es sin duda una de las más mediáticas desde que ocurrió la tragedia y ha sido contada desde múltiples puntos de vista en los numerosos artículos, libros, exposiciones, documentales y películas que ha originado. Por ejemplo, con ánimo de aprovechar el tirón mediático del centenario, hace poco se reestrenó en versión 3D la oscarizada y taquillera película protagonizada por Kate Winslet y Leonardo DiCaprio.

Cada cual hace su particular lectura de aquel siniestro suceso. Algunos se fijan en las épicas historias de amor, como la que cuenta la famosa película de James Cameron. Otros, en la lucha de clases que se estableció a bordo del trasatlántico para subir a los botes salvavidas, reflejo de la no menos antagónica lucha de clases que existía -y existe- en la sociedad. A algunos megalómanos les gusta coleccionar los detalles técnicos de la tragedia, cuyas estadísticas son abrumadoras incluso para el más templado de los espíritus.

Titanic.jpgPor deformación profesional, me inclino a realizar una lectura en clave filosófica de lo sucedido, como una metáfora del peligro de la técnica en la era moderna. El hombre moderno es el primero que siente miedo ante su propio poder sobre la naturaleza. La ciencia y la técnica habían llegado a tal estado de desarrollo en los siglos XVIII y XIX que, por primera vez en la historia de la cultura occidental, el ser humano siente que aquello que ha creado a partir de sí mismo -algo que no depende de la naturaleza ni de la voluntad divina- puede escapar a su control y volverse contra él.

No son pocos los ejemplos culturales -literarios, filosóficos e incluso cinematográficos- que se han hecho eco de esta actitud, prácticamente inexistente antes de la Revolución Industrial. En una línea temporal que va desde el Frankenstein (1918) de Mary Shelley hasta el Parque Jurásico (1990) de Michael Crichton -ambas novelas inspiradoras de populares versiones cinematográficas-, la historia de esa metáfora no ha hecho más que repetirse con diferentes protagonistas.

El monstruo de Shelley, ese ser defectuoso y deforme pero terriblemente poderoso, se vuelve contra su creador, el doctor Frankenstein, y contra todo su entorno -familia, sirvientes, amigos-, porque aquel médico entusiasta de la ciencia que soñaba con vulnerar los límites de la vida y la muerte se niega a proporcionarle una compañera de viaje que consiga aliviar su insoportable soledad.

Además de representar otra metáfora sobre la ambición y la estulticia del ser humano, los dinosaurios de Parque Jurásico, monstruos también engendrados por el codicioso poder de la técnica, se escapan de las débiles ataduras humanas que pretendían limitarlos y acaban sembrando el pánico en la isla que los tiene confinados.

En 1953, cuarenta y un años más tarde del hundimiento del "Titanic", un Martin Heidegger defenestrado por su indisimulada implicación con el nazismo, pronuncia su conferencia "La pregunta por la técnica". En ella señala el gran peligro de la técnica moderna, que transforma no sólo todos los objetos posibles, sino también al propio ser humano, en meras "existencias" ("bestand"), en un fondo almacenable que espera a ser solicitado para su uso. De nuevo, en vez de contribuir a la plenitud del ser humano, la técnica es considerada como una poderosa fuerza que puede llegar a autodestruirnos como especie. El estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki al final de la II Guerra Mundial no hace más que confirmar esta sospecha. Por eso, dice Heidegger en aquella famosa entrevista para el periódico Spiegel que "solo un dios puede salvarnos".

Todos estos ejemplos ilustran que aquel homo faber erigido como dueño y señor de la naturaleza, en vez de ampliar su cuota de libertad a través de la técnica, puede acabar sucumbiendo a causa de ella. Igual que aquellos desdichados pasajeros del "Titanic" cuyas vidas se apagaron en las gélidas y oscuras aguas del océano Atlántico hace ahora cien años.


"La novela negra habla de un mundo sin Dios en el que todo es un caos absoluto"

Enfundado en una gruesa chaqueta de color verde oscuro, Alexis Ravelo cruza la plaza de Santa Ana con la resolución de un juez y la sonrisa amplia y sincera de un colegial. Un viento más gélido y húmedo que de costumbre nos advierte que hará frío desde que el sol se oculte. Y no queda mucho para eso.

Como Alexis no piensa dejar de fumar durante la entrevista, al final decidimos sentarnos en las escaleras de piedra del Ayuntamiento, con la majestuosa fachada de la Catedral reflejando los tonos ocres de la última luz de la tarde, a pesar del frío alisio que trae el invierno. De repente, en medio de la entrevista, un coche de la policía local se detiene cerca de nosotros. De él bajan dos policías inquisitivos e intimidatorios que parecen interesarse por nuestra presencia. Sin decir una palabra, empiezan a caminar hacia nosotros: dos individuos anónimos, aparentemente desubicados, extraños, que quizás traman alguna fechoría.

Durante un instante me siento que soy uno de los personajes turbios que pueblan las novelas de Alexis Ravelo y me pregunto si no tengo nada que ocultar ante la mirada amenazante de los representantes de la ley, que pasan a nuestro lado aún más intrigados por el tema de nuestra conversación.

Tengo tiempo para pensar que ante una situación como esta nada mejor que estar al lado del creador de Eladio Monroy, experto en asuntos de dudosa moral y situaciones difíciles, para salir de un eventual atolladero. Observo que la actitud de los agentes de policía tampoco ha pasado desapercibida para Alexis Ravelo que, sin dejar de responder a mis preguntas, mira de reojo al policía que ahora camina más cerca de nosotros.

Parece que dos individuos convencionales y sosos como nosotros no representan ninguna amenaza para la ley y el orden público. Después de dar unas vueltas a nuestro alrededor, los agentes de la ley pierden la curiosidad y se van por el mismo sitio por dónde han venido. Mientras se aleja el coche patrulla, le confieso a Alexis que por un momento pensé que los policías nos iban a pedir la documentación, o algo parecido. Él me confirma que también pensó lo mismo y, con una risa malévola de adolescente travieso, añade: "Pero no te preocupes: el alcalde me lee".

Así es Alexis Ravelo: docto en su materia, pero nada academicista; serio mientras habla de temas elevados, pero irónico e incisivo si la situación lo requiere. Y así es también Eladio Monroy, su alter ego en la ficción.


-Ha escrito libros de relatos, novelas, relatos juveniles, teatro, etc. ¿Hay algún género que todavía no haya tocado y que le apetezca trabajar?
-A pesar de que es un ámbito que siempre me ha llamado la atención, la escritura cinematográfica la he trabajado muy poco. Hace poco tuve el proyecto de escribir una novela histórica ambientada en la Guerra Civil pero, cuando estaba en la fase de documentación, descubrí que alguien ya había publicado hacía poco una sobre ese asunto y no me pareció oportuno seguir adelante con el proyecto. Con todo, tengo algunos borradores escritos y, a lo mejor, dentro de unos años vuelvo a retomarlos.
»También hay algo que siempre he querido hacer pero que nunca he hecho porque creo que todavía no está maduro: publicar poesía. A mi poesía todavía le falta bastante trabajo y madurez. Supongo que tiene que ver con el hecho de que, como lector de poesía, prefiero leer a poetas que ya tienen cierta edad y experiencia. Si tengo que elegir entre el primer Ángel González y el último, me quedo con el último. Igual me pasa con Pepe Hierro. Quizás se deba a que la poesía es un viaje hacia la propia identidad y, cuando somos jóvenes, la identidad aún no está construida del todo, salvo honrosas excepciones como Rimbaud.

-Ha trabajado muchos años en la radio en una sección sobre libros. ¿Qué le ofrece la radio que no encuentra en la literatura?
-Más que trabajar, diría colaborar, pues yo solo no me atrevería a llevar un programa. La radio es un medio muy cálido, con una magia y una inmediatez que no tiene un texto literario, ni siquiera la televisión. He colaborado varios años en ella y puedo decir que allí no hay nada inmediato: todo se prepara mucho. Salvo los telediarios, la mitad de los programas están grabados y editados con mucha antelación.
»Dentro del programa "Hoy por hoy" de Eva Marrero, en la Cadena Ser, coincido con Francisco Melo júnior: él hace una sección de cine, y yo la dedicada a la literatura que se llama "La buena letra", y es muy divertido porque a menudo nos pisamos las secciones mutuamente y hay un ambiente muy familiar.

-¿Y en esa sección, "La buena letra", habla de novela "negra"?
-De literatura, en general: poesía, narrativa y ensayo. Lo que intentamos en él es darles una excusa a los oyentes para que pierdan el miedo a la lectura y acercarlos al hecho literario. Cada semana seleccionamos un libro y hablamos de él. La única restricción es seleccionar libros que se lean rápidamente.

-Cada año también coordina e imparte varios talleres literarios -Factoría de Ficciones, Laboratorio Creativo de Anroart-. ¿Existe una buena cantera literaria en Canarias?
-Existe una buena cantera y yo me atrevería a decir que existirá una todavía mejor dentro de algún tiempo. En esos talleres me he encontrado con verdaderos talentos ya casi formados. Es más, puedo decir que estos son mucho mejores que los de las generaciones anteriores.

-Y, ¿cómo es eso?
-Las primeras novelas de los escritores de la generación anterior, autores encumbrados hoy en día, solían ser torpes, tenían muchas deficiencias. En cambio, si cogemos los primeros libros de los autores que están saliendo en los últimos años, nos enfrentamos a textos ya maduros, escritos con conciencia de oficio. Quizás esto tenga que ver con el hecho de que los autores que empezamos a surgir a partir de los noventa hemos tardado mucho en publicar. La generación de los 70 tuvo un apoyo académico, editorial e institucional del que nosotros no disfrutamos. Ese tiempo de espera tuvo su lado positivo: sirvió para madurar, para que nuestros textos fuesen cada vez mejores y, en última instancia, para tirar a la basura aquello que no merecía la pena ser publicado.

Alexis ravelo 1.JPG¿Qué le aporta a nivel personal y profesional trabajar con estos aspirantes a escritores?
-A nivel profesional me aporta una esforzada, necesaria y sana reflexión de mi propio trabajo. Hasta que empecé a impartir talleres escribía sin conciencia de lo que estaba haciendo. Detenerte a preparar unos contenidos teóricos te obliga a reflexionar sobre las herramientas que utilizas en tu trabajo y sobre lo que has aprendido de los maestros.
»No hay que olvidar que un escritor trabaja con su ego. Hacerles ver a esos aspirantes a escritores que su trabajo tiene aspectos buenos y malos es una tarea complicada. La mayoría de los escritores consagrados no lo aceptarían. Sin embargo, estos jóvenes escritores no sólo lo aceptan, sino que además lo agradecen. Esta es una lección de humildad que muchos escritores deberían aprender. Y a nivel personal me ha permitido conocer a personas estupendas que han sido muy generosas conmigo y también entre ellas.

-En el ambiente literario se le conoce, sobre todo, como un autor de novela negra. ¿Qué diferencia hay entre una novela convencional y una novela "negra"?
-Ninguna. Una novela "negra" es una novela convencional que trata, como decía Dashiell Hammett, del mundo profesional del crimen. La supuesta diferencia entre ellas le interesa, sobre todo, a los editores, porque la etiqueta "negra" se vende muy bien. De hecho, hay muchos editores que están vendiendo como "negra" novelas que no responden a ese esquema y que se acercan más a la novela "policíaca" o a la novela "enigma".
»La novela "negra" surge del "Hard Boiled" americano como respuesta precisamente a esa novela "enigma", que es de corte conservador, y son los europeos los que descubren su valor estético. Lo mismo ocurrió con el jazz, que para los americanos era la música de los negros de clase baja. Fue a partir de la postguerra que la novela "negra" empieza a gozar del aval crítico que la novela "enigma" había tenido hasta ese momento. Como ocurre con todas las novelas, hay novelas "negras" buenas y malas; novelas que dan para una segunda lectura y otras que no.

-¿Y entre una novela "negra" y una novela "policíaca"?
-Más que novela "policíaca", yo la llamaría novela "enigma". Como decía Borges, en una novela "policíaca" al principio hay un orden que responde a una lógica. De repente, ese orden se ve alterado por un asesinato. Entonces viene un personaje que, gracias a la lógica, a la inteligencia o a la deducción, consigue resolver el asesinato. Bien por muerte, bien por detención, el que ha cometido el crimen al final es castigado y expulsado de una sociedad a la que ha sumido temporalmente en el caos con sus actos y, de nuevo, todo vuelve a la normalidad.
»La novela "enigma" es esencialmente conservadora porque siempre presupone un orden justo en la sociedad. Por ejemplo, si pensamos en Agatha Christie y en sus novelas de "habitación cerrada" los personajes suelen pertenecer al mundo aristocrático. En cambio, los personajes de la novela "negra" suelen pertenecer al mismo mundo al que pertenecen sus lectores. Las novelas "negras" americanas eran leídas por personas a las que les hablaban del mundo que conocían. Estas personas sabían que cuando ocurría un crimen, este no tenía un único culpable, y que no lo podías denunciar porque la propia policía estaba untada y tenía algo que ver con el asunto.
»La novela "negra" habla de un mundo sin Dios en el que todo es un caos absoluto. En este punto sale mi vena marxista: la ideología está velando constantemente en la realidad. Cuando se comete un crimen en estas novelas, las estructuras de clase salen a la luz inevitablemente.

Alexis Ravelo 2.JPG-Sus novelas sobre Eladio Monroy le han proporcionado un lugar destacado en el panorama literario. ¿Tiene una relación amor-odio con Monroy como la que tenía Conan Doyle con Sherlock Holmes?
-Ni me alimenta tanto como alimentaba a Conan Doyle [risas], ni la gente se pondrá de luto si se me ocurre matarlo. Es cierto que a veces me da un poco de pena que el éxito de estas novelas eclipse otros trabajos míos a los que les tengo cariño.

-Después de tres novelas publicadas, ¿qué le sigue aportando el personaje de Eladio Monroy?
-Eladio Monroy es el personaje con el que me vengo de muchas cosas que me desagradan. Él puede decir y hacer cosas que a mí me gustaría decir y hacer. Por eso, para mí es muy catártico escribir novelas sobre Eladio Monroy: me río mucho con ellas y me sirven para descansar de otras novelas cuya escritura supone un gran desgaste. Como Eladio ya tiene su mundo, lo único que tengo que hacer es crear argumentos y motivos para que los personajes actúen.
»Además, Eladio es un homenaje a la ciudad de Las Palmas que a mí me gusta: la ciudad de los barrios, de las terrazas, etc. Todos conocemos a un mecánico como "El Chapi", a un camarero como "Casimiro" o un bar como el "Casablanca". Ese juego entre la ficción y la realidad me gusta mucho.

-Le veo haciendo recorridos temáticos por la ciudad de Las Palmas como se hacen recorridos por París a propósito de la trama de El código da Vinci...
-Alguna vez hemos hecho con los alumnos de un instituto un recorrido por la ciudad de Eladio Monroy, desde la calle Murga hasta la plaza de Santa Ana. Ha sido muy divertido porque no era consciente de los lugares y nombres interesantes de los que se les puede hablar a lo largo de ese camino: de Tomás Morales, de Galdós, de Negrín, del modernismo del kiosco de San Telmo, de las fachadas de la calle de Triana, etc.

-En su saga sobre Monroy reivindica la ciudad de Las Palmas como escenario privilegiado. ¿Por qué las ciudades más alejadas de Madrid o Barcelona fueron rechazadas durante años como escenarios legítimos para las novelas "negras"?
-Supongo que tuvo que ver con el proceso de asimilación de la novela "negra" en España a partir del tardofranquismo, la Transición y los años 80. Podríamos hablar de la novela "negra" como el género de aquella época. Incluso autores que no siguieron escribiendo novela "negra" tocaron el género en ese momento. Pienso, por ejemplo, en Muñoz Molina, que probablemente escribió sus mejores novelas en esos años, Beltenebros y El invierno en Lisboa, hasta llegar a Plenilunio, una obra en la que empezó a flaquear.
»Tiene que ver con ese fenómeno de ajuste entre centralismo y autonomías. Lo cierto es que en los últimos años, sobre todo a partir del año 2000, comienzan a surgir una serie de autores supuestamente periféricos, entre los que se encuentran los escritores canarios, que muestran una España de provincias sin ningún tipo de complejos.

-¿Y en el caso de los autores canarios?
-El hecho de que escribamos ambientando nuestras historias en Canarias tiene que ver con el deseo de entroncar con las vanguardias históricas que reivindicaban la geografía insular como espacio literario. Como decía Pedro García Cabrera, el paisaje condiciona las propias creaciones. Y nuestro paisaje es muy particular dentro del territorio nacional y de todo el mundo hispánico. Es un territorio con una idiosincrasia muy diferente a cualquier otra que puedas imaginar.

-Todas las novelas protagonizadas por Monroy tienen un marcado carácter ético. ¿Utiliza deliberadamente sus novelas como un medio de denuncia social?
-Por supuesto. Pienso que como escritor tengo una cierta responsabilidad: al menos no voy a evitar hablar de las cosas que me afectan. Y a uno le afecta abrir el periódico y comprobar las desigualdades que existen en el mundo en el que vive. Normalmente uno cierra los ojos antes esas desigualdades porque hay que vivir, pero llega un momento en el que la ficción que estás creando no puede soslayar esas desigualdades.
»En eso consiste la responsabilidad del escritor. Yo no puedo hablar de Las Palmas como una ciudad maravillosa. Vivo en un barrio, ese es el mundo que conozco y sobre el que escribo. En la novela "negra" puedes hablar de cosas como blanqueo de capitales, corrupción política o financiación ilegal de partidos, que si las incluyeras en un artículo de prensa probablemente pasarías el resto de tu vida metido en un juzgado.

-Además de las novelas que tienen a Monroy como personaje principal, tiene otra línea de creación titulada "La iniquidad", también perteneciente al género "negro". ¿Qué le aporta este proyecto que no le consigue aportar Eladio Monroy?
-Son proyectos muy distintos. Las novelas de Monroy están escritas desde la fruición, y "La Iniquidad" desde la rabia. En mi opinión, esta serie está más cerca del género "negro" que las novelas de Eladio, que tienen más lectores jóvenes. Esto a mí me supone una autocensura, me obliga a ser más responsable con las cosas que digo y cómo las digo. Por ejemplo, la necesidad de aportar valores o modelos de conducta positivos o la reflexión sobre el hecho de la violencia.
»"La Iniquidad" ha surgido de las partes más profundas de la psique, de las propias entrañas. En ella me he olvidado del público adolescente y he dado rienda suelta a lo que llevaba dentro. Todos sus personajes son perdedores que no tienen más camino que seguir y no tienen más remedio que matar o morir. Sin embargo, aunque no hagan denuncias directas, creo que estas novelas también tienen un correlato político interesante. Por ejemplo, el hecho de que para que alguien sea rico tiene que haber mucha gente pobre, para que alguien gane tiene que haber grandes masas de población que pierdan.

Alexis Ravelo 3.JPG-Escribe en un blog llamado "Ceremonias" desde hace mucho tiempo. ¿De qué manera han modificado las nuevas tecnologías la relación autor-lector?
-Además de propiciar una comunicación más directa entre autores y lectores, ha creado la posibilidad de publicar textos que un editor no publicaría porque no son rentables. Por ejemplo, en España se habla del auge y la importancia del microrrelato, incluso como género del futuro. Sin embargo, nadie compra libros de microrrelatos. En mi blog puedo publicar artículos que ningún periódico me publicaría porque critican a quienes les pagan. También nos ha ayudado a ser más eficientes.

-¿Más eficientes?
-Internet nos obliga a utilizar mejor el lenguaje para ocupar menos espacio. Por ejemplo, yo sé que un lector de mi blog no lee más de dos pantallas. Por eso intento decir lo que tengo que decir en menos espacio. En este sentido, ha sido muy positivo. Pero hay que tener mucho cuidado con sobrevalorar las nuevas tecnologías. Debido a que hay muchas partes interesadas, en estos días se oye mucho aquello del fin del libro de papel o la revolución del libro digital.

-Los "apocalípticos" de los que hablaba Umberto Eco...
-En realidad, más que "apocalípticos, me parecen demasiado optimistas. Observo una gran ingenuidad en aquellos que dicen que el futuro es el libro digital. Si miras las cifras de ventas, compruebas que estas no llegan a la tercera parte de los libros vendidos. De hecho, se han vendido más lectores electrónicos que libros digitales. Además de parecerme un dato muy divertido, esto me da un poco de pena, porque tendemos a favorecer la globalización y perdemos ese contacto maravilloso con el librero. También el hecho de ir a las librerías y hojear los libros.

-¿Realmente tiene buena salud la literatura canaria?
-En general me parece que la literatura canaria atraviesa un buen momento. Goza de buena salud porque hay una gran cantidad de autores y numerosas tendencias. Sin embargo, yo echo de menos narrativas femeninas, mujeres que escriban novelas. Tenemos narradoras breves muy interesantes, pero nos faltan novelistas.
»Por otro lado, pienso que también nos faltan editores: personas que leen un libro, lo valoran y deciden si ese libro puede ser algo bueno para ofrecerlo al público o no. En la actualidad hay mucha autoedición. Esto es bueno, porque ha democratizado la cultura, pero tiene el inconveniente de que en ocasiones llegan a las librerías productos que no tienen la calidad suficiente para ello. Es una pena, porque en esos libros uno ve mucho talento pero muy poca formación. En resumen, que el optimismo no debe llevarnos a ser ingenuos.

-¿Cuáles son las mejoras que necesitamos en el sector editorial?
-En primer lugar, aumentar la oferta editorial. El problema es que para aumentar la oferta editorial, esta debería ser rentable, y no lo es porque, en segundo lugar, nos falta un buen tejido de distribución. Cualquier editorial de Madrid o Barcelona tiene una tirada mínima de 2500 a 4000 ejemplares. En cambio, una editorial canaria no se puede permitir una tirada media de más de 1000 o 1500 ejemplares. Con esa tirada no llegan a copar las mesas de novedades ni de la mitad de las librerías del país. Con lo cual, el libro no se va a distribuir ni se va a vender. Yo nunca he defendido las subvenciones directas, pero nuestras instituciones deberían paliar esas deficiencias.

-Habitualmente le llaman para impartir charlas en los centros educativos. ¿Qué consejos suele dar a los alumnos que desean iniciarse en el mundo de la escritura?
-Que vayan a un psiquiatra [risas]. Y si aún así no me hacen caso, les suelo aconsejar que lean mucho, que tengan paciencia y que se vistan de humildad. Escribir es una carrera de fondo, un oficio muy ingrato. Tú puedes poner tus mejores intenciones en un libro y, sin embargo, puede no tener valor.
»Además, en cada libro te encuentras en el punto de mira. La literatura no se mide por autores, sino por libros. Los buenos lectores saben que ningún autor tiene garantizada la calidad de su texto. Hay autores horribles que han creado muy buenos textos y, por el contrario, hay autores magníficos que han escrito textos muy malos. Ese es el billete de lotería que compramos cuando decidimos que queremos escribir un libro. Hay que aprender a borrar, a tirar textos a la basura, a corregir constantemente y, sobre todo, acostumbrarse a que el libro nunca va a ser tan hermoso como cuando estaba escrito en tu cabeza. Por eso no es un trabajo placentero. Escribir te hace sufrir.

-¿Sigue siendo Madrid un destino demasiado lejano para los escritores canarios?
-Yo prefiero vivir y escribir aquí porque mi mundo creativo se encuentra también aquí. Uno siempre escribe con el paisaje esencial que viste en la niñez. Lo que sí me gustaría es tener una mejor distribución de mis libros fuera de las Islas.

(Entrevista publicada en el Canarias 7 el día 14/03/2012)

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