"La novela negra habla de un mundo sin Dios en el que todo es un caos absoluto"
Enfundado en una gruesa chaqueta de color verde oscuro, Alexis Ravelo cruza la plaza de Santa Ana con la resolución de un juez y la sonrisa amplia y sincera de un colegial. Un viento más gélido y húmedo que de costumbre nos advierte que hará frío desde que el sol se oculte. Y no queda mucho para eso.
Como Alexis no piensa dejar de fumar durante la entrevista, al final decidimos sentarnos en las escaleras de piedra del Ayuntamiento, con la majestuosa fachada de la Catedral reflejando los tonos ocres de la última luz de la tarde, a pesar del frío alisio que trae el invierno. De repente, en medio de la entrevista, un coche de la policía local se detiene cerca de nosotros. De él bajan dos policías inquisitivos e intimidatorios que parecen interesarse por nuestra presencia. Sin decir una palabra, empiezan a caminar hacia nosotros: dos individuos anónimos, aparentemente desubicados, extraños, que quizás traman alguna fechoría.
Durante un instante me siento que soy uno de los personajes turbios que pueblan las novelas de Alexis Ravelo y me pregunto si no tengo nada que ocultar ante la mirada amenazante de los representantes de la ley, que pasan a nuestro lado aún más intrigados por el tema de nuestra conversación.
Tengo tiempo para pensar que ante una situación como esta nada mejor que estar al lado del creador de Eladio Monroy, experto en asuntos de dudosa moral y situaciones difíciles, para salir de un eventual atolladero. Observo que la actitud de los agentes de policía tampoco ha pasado desapercibida para Alexis Ravelo que, sin dejar de responder a mis preguntas, mira de reojo al policía que ahora camina más cerca de nosotros.
Parece que dos individuos convencionales y sosos como nosotros no representan ninguna amenaza para la ley y el orden público. Después de dar unas vueltas a nuestro alrededor, los agentes de la ley pierden la curiosidad y se van por el mismo sitio por dónde han venido. Mientras se aleja el coche patrulla, le confieso a Alexis que por un momento pensé que los policías nos iban a pedir la documentación, o algo parecido. Él me confirma que también pensó lo mismo y, con una risa malévola de adolescente travieso, añade: "Pero no te preocupes: el alcalde me lee".
Así es Alexis Ravelo: docto en su materia, pero nada academicista; serio mientras habla de temas elevados, pero irónico e incisivo si la situación lo requiere. Y así es también Eladio Monroy, su alter ego en la ficción.
-Ha escrito libros de relatos, novelas, relatos juveniles, teatro, etc. ¿Hay algún género que todavía no haya tocado y que le apetezca trabajar?
-A pesar de que es un ámbito que siempre me ha llamado la atención, la escritura cinematográfica la he trabajado muy poco. Hace poco tuve el proyecto de escribir una novela histórica ambientada en la Guerra Civil pero, cuando estaba en la fase de documentación, descubrí que alguien ya había publicado hacía poco una sobre ese asunto y no me pareció oportuno seguir adelante con el proyecto. Con todo, tengo algunos borradores escritos y, a lo mejor, dentro de unos años vuelvo a retomarlos.
»También hay algo que siempre he querido hacer pero que nunca he hecho porque creo que todavía no está maduro: publicar poesía. A mi poesía todavía le falta bastante trabajo y madurez. Supongo que tiene que ver con el hecho de que, como lector de poesía, prefiero leer a poetas que ya tienen cierta edad y experiencia. Si tengo que elegir entre el primer Ángel González y el último, me quedo con el último. Igual me pasa con Pepe Hierro. Quizás se deba a que la poesía es un viaje hacia la propia identidad y, cuando somos jóvenes, la identidad aún no está construida del todo, salvo honrosas excepciones como Rimbaud.
-Ha trabajado muchos años en la radio en una sección sobre libros. ¿Qué le ofrece la radio que no encuentra en la literatura?
-Más que trabajar, diría colaborar, pues yo solo no me atrevería a llevar un programa. La radio es un medio muy cálido, con una magia y una inmediatez que no tiene un texto literario, ni siquiera la televisión. He colaborado varios años en ella y puedo decir que allí no hay nada inmediato: todo se prepara mucho. Salvo los telediarios, la mitad de los programas están grabados y editados con mucha antelación.
»Dentro del programa "Hoy por hoy" de Eva Marrero, en la Cadena Ser, coincido con Francisco Melo júnior: él hace una sección de cine, y yo la dedicada a la literatura que se llama "La buena letra", y es muy divertido porque a menudo nos pisamos las secciones mutuamente y hay un ambiente muy familiar.
-¿Y en esa sección, "La buena letra", habla de novela "negra"?
-De literatura, en general: poesía, narrativa y ensayo. Lo que intentamos en él es darles una excusa a los oyentes para que pierdan el miedo a la lectura y acercarlos al hecho literario. Cada semana seleccionamos un libro y hablamos de él. La única restricción es seleccionar libros que se lean rápidamente.
-Cada año también coordina e imparte varios talleres literarios -Factoría de Ficciones, Laboratorio Creativo de Anroart-. ¿Existe una buena cantera literaria en Canarias?
-Existe una buena cantera y yo me atrevería a decir que existirá una todavía mejor dentro de algún tiempo. En esos talleres me he encontrado con verdaderos talentos ya casi formados. Es más, puedo decir que estos son mucho mejores que los de las generaciones anteriores.
-Y, ¿cómo es eso?
-Las primeras novelas de los escritores de la generación anterior, autores encumbrados hoy en día, solían ser torpes, tenían muchas deficiencias. En cambio, si cogemos los primeros libros de los autores que están saliendo en los últimos años, nos enfrentamos a textos ya maduros, escritos con conciencia de oficio. Quizás esto tenga que ver con el hecho de que los autores que empezamos a surgir a partir de los noventa hemos tardado mucho en publicar. La generación de los 70 tuvo un apoyo académico, editorial e institucional del que nosotros no disfrutamos. Ese tiempo de espera tuvo su lado positivo: sirvió para madurar, para que nuestros textos fuesen cada vez mejores y, en última instancia, para tirar a la basura aquello que no merecía la pena ser publicado.
¿Qué le aporta a nivel personal y profesional trabajar con estos aspirantes a escritores?
-A nivel profesional me aporta una esforzada, necesaria y sana reflexión de mi propio trabajo. Hasta que empecé a impartir talleres escribía sin conciencia de lo que estaba haciendo. Detenerte a preparar unos contenidos teóricos te obliga a reflexionar sobre las herramientas que utilizas en tu trabajo y sobre lo que has aprendido de los maestros.
»No hay que olvidar que un escritor trabaja con su ego. Hacerles ver a esos aspirantes a escritores que su trabajo tiene aspectos buenos y malos es una tarea complicada. La mayoría de los escritores consagrados no lo aceptarían. Sin embargo, estos jóvenes escritores no sólo lo aceptan, sino que además lo agradecen. Esta es una lección de humildad que muchos escritores deberían aprender. Y a nivel personal me ha permitido conocer a personas estupendas que han sido muy generosas conmigo y también entre ellas.
-En el ambiente literario se le conoce, sobre todo, como un autor de novela negra. ¿Qué diferencia hay entre una novela convencional y una novela "negra"?
-Ninguna. Una novela "negra" es una novela convencional que trata, como decía Dashiell Hammett, del mundo profesional del crimen. La supuesta diferencia entre ellas le interesa, sobre todo, a los editores, porque la etiqueta "negra" se vende muy bien. De hecho, hay muchos editores que están vendiendo como "negra" novelas que no responden a ese esquema y que se acercan más a la novela "policíaca" o a la novela "enigma".
»La novela "negra" surge del "Hard Boiled" americano como respuesta precisamente a esa novela "enigma", que es de corte conservador, y son los europeos los que descubren su valor estético. Lo mismo ocurrió con el jazz, que para los americanos era la música de los negros de clase baja. Fue a partir de la postguerra que la novela "negra" empieza a gozar del aval crítico que la novela "enigma" había tenido hasta ese momento. Como ocurre con todas las novelas, hay novelas "negras" buenas y malas; novelas que dan para una segunda lectura y otras que no.
-¿Y entre una novela "negra" y una novela "policíaca"?
-Más que novela "policíaca", yo la llamaría novela "enigma". Como decía Borges, en una novela "policíaca" al principio hay un orden que responde a una lógica. De repente, ese orden se ve alterado por un asesinato. Entonces viene un personaje que, gracias a la lógica, a la inteligencia o a la deducción, consigue resolver el asesinato. Bien por muerte, bien por detención, el que ha cometido el crimen al final es castigado y expulsado de una sociedad a la que ha sumido temporalmente en el caos con sus actos y, de nuevo, todo vuelve a la normalidad.
»La novela "enigma" es esencialmente conservadora porque siempre presupone un orden justo en la sociedad. Por ejemplo, si pensamos en Agatha Christie y en sus novelas de "habitación cerrada" los personajes suelen pertenecer al mundo aristocrático. En cambio, los personajes de la novela "negra" suelen pertenecer al mismo mundo al que pertenecen sus lectores. Las novelas "negras" americanas eran leídas por personas a las que les hablaban del mundo que conocían. Estas personas sabían que cuando ocurría un crimen, este no tenía un único culpable, y que no lo podías denunciar porque la propia policía estaba untada y tenía algo que ver con el asunto.
»La novela "negra" habla de un mundo sin Dios en el que todo es un caos absoluto. En este punto sale mi vena marxista: la ideología está velando constantemente en la realidad. Cuando se comete un crimen en estas novelas, las estructuras de clase salen a la luz inevitablemente.
-Sus novelas sobre Eladio Monroy le han proporcionado un lugar destacado en el panorama literario. ¿Tiene una relación amor-odio con Monroy como la que tenía Conan Doyle con Sherlock Holmes?
-Ni me alimenta tanto como alimentaba a Conan Doyle [risas], ni la gente se pondrá de luto si se me ocurre matarlo. Es cierto que a veces me da un poco de pena que el éxito de estas novelas eclipse otros trabajos míos a los que les tengo cariño.
-Después de tres novelas publicadas, ¿qué le sigue aportando el personaje de Eladio Monroy?
-Eladio Monroy es el personaje con el que me vengo de muchas cosas que me desagradan. Él puede decir y hacer cosas que a mí me gustaría decir y hacer. Por eso, para mí es muy catártico escribir novelas sobre Eladio Monroy: me río mucho con ellas y me sirven para descansar de otras novelas cuya escritura supone un gran desgaste. Como Eladio ya tiene su mundo, lo único que tengo que hacer es crear argumentos y motivos para que los personajes actúen.
»Además, Eladio es un homenaje a la ciudad de Las Palmas que a mí me gusta: la ciudad de los barrios, de las terrazas, etc. Todos conocemos a un mecánico como "El Chapi", a un camarero como "Casimiro" o un bar como el "Casablanca". Ese juego entre la ficción y la realidad me gusta mucho.
-Le veo haciendo recorridos temáticos por la ciudad de Las Palmas como se hacen recorridos por París a propósito de la trama de El código da Vinci...
-Alguna vez hemos hecho con los alumnos de un instituto un recorrido por la ciudad de Eladio Monroy, desde la calle Murga hasta la plaza de Santa Ana. Ha sido muy divertido porque no era consciente de los lugares y nombres interesantes de los que se les puede hablar a lo largo de ese camino: de Tomás Morales, de Galdós, de Negrín, del modernismo del kiosco de San Telmo, de las fachadas de la calle de Triana, etc.
-En su saga sobre Monroy reivindica la ciudad de Las Palmas como escenario privilegiado. ¿Por qué las ciudades más alejadas de Madrid o Barcelona fueron rechazadas durante años como escenarios legítimos para las novelas "negras"?
-Supongo que tuvo que ver con el proceso de asimilación de la novela "negra" en España a partir del tardofranquismo, la Transición y los años 80. Podríamos hablar de la novela "negra" como el género de aquella época. Incluso autores que no siguieron escribiendo novela "negra" tocaron el género en ese momento. Pienso, por ejemplo, en Muñoz Molina, que probablemente escribió sus mejores novelas en esos años, Beltenebros y El invierno en Lisboa, hasta llegar a Plenilunio, una obra en la que empezó a flaquear.
»Tiene que ver con ese fenómeno de ajuste entre centralismo y autonomías. Lo cierto es que en los últimos años, sobre todo a partir del año 2000, comienzan a surgir una serie de autores supuestamente periféricos, entre los que se encuentran los escritores canarios, que muestran una España de provincias sin ningún tipo de complejos.
-¿Y en el caso de los autores canarios?
-El hecho de que escribamos ambientando nuestras historias en Canarias tiene que ver con el deseo de entroncar con las vanguardias históricas que reivindicaban la geografía insular como espacio literario. Como decía Pedro García Cabrera, el paisaje condiciona las propias creaciones. Y nuestro paisaje es muy particular dentro del territorio nacional y de todo el mundo hispánico. Es un territorio con una idiosincrasia muy diferente a cualquier otra que puedas imaginar.
-Todas las novelas protagonizadas por Monroy tienen un marcado carácter ético. ¿Utiliza deliberadamente sus novelas como un medio de denuncia social?
-Por supuesto. Pienso que como escritor tengo una cierta responsabilidad: al menos no voy a evitar hablar de las cosas que me afectan. Y a uno le afecta abrir el periódico y comprobar las desigualdades que existen en el mundo en el que vive. Normalmente uno cierra los ojos antes esas desigualdades porque hay que vivir, pero llega un momento en el que la ficción que estás creando no puede soslayar esas desigualdades.
»En eso consiste la responsabilidad del escritor. Yo no puedo hablar de Las Palmas como una ciudad maravillosa. Vivo en un barrio, ese es el mundo que conozco y sobre el que escribo. En la novela "negra" puedes hablar de cosas como blanqueo de capitales, corrupción política o financiación ilegal de partidos, que si las incluyeras en un artículo de prensa probablemente pasarías el resto de tu vida metido en un juzgado.
-Además de las novelas que tienen a Monroy como personaje principal, tiene otra línea de creación titulada "La iniquidad", también perteneciente al género "negro". ¿Qué le aporta este proyecto que no le consigue aportar Eladio Monroy?
-Son proyectos muy distintos. Las novelas de Monroy están escritas desde la fruición, y "La Iniquidad" desde la rabia. En mi opinión, esta serie está más cerca del género "negro" que las novelas de Eladio, que tienen más lectores jóvenes. Esto a mí me supone una autocensura, me obliga a ser más responsable con las cosas que digo y cómo las digo. Por ejemplo, la necesidad de aportar valores o modelos de conducta positivos o la reflexión sobre el hecho de la violencia.
»"La Iniquidad" ha surgido de las partes más profundas de la psique, de las propias entrañas. En ella me he olvidado del público adolescente y he dado rienda suelta a lo que llevaba dentro. Todos sus personajes son perdedores que no tienen más camino que seguir y no tienen más remedio que matar o morir. Sin embargo, aunque no hagan denuncias directas, creo que estas novelas también tienen un correlato político interesante. Por ejemplo, el hecho de que para que alguien sea rico tiene que haber mucha gente pobre, para que alguien gane tiene que haber grandes masas de población que pierdan.
-Escribe en un blog llamado "Ceremonias" desde hace mucho tiempo. ¿De qué manera han modificado las nuevas tecnologías la relación autor-lector?
-Además de propiciar una comunicación más directa entre autores y lectores, ha creado la posibilidad de publicar textos que un editor no publicaría porque no son rentables. Por ejemplo, en España se habla del auge y la importancia del microrrelato, incluso como género del futuro. Sin embargo, nadie compra libros de microrrelatos. En mi blog puedo publicar artículos que ningún periódico me publicaría porque critican a quienes les pagan. También nos ha ayudado a ser más eficientes.
-¿Más eficientes?
-Internet nos obliga a utilizar mejor el lenguaje para ocupar menos espacio. Por ejemplo, yo sé que un lector de mi blog no lee más de dos pantallas. Por eso intento decir lo que tengo que decir en menos espacio. En este sentido, ha sido muy positivo. Pero hay que tener mucho cuidado con sobrevalorar las nuevas tecnologías. Debido a que hay muchas partes interesadas, en estos días se oye mucho aquello del fin del libro de papel o la revolución del libro digital.
-Los "apocalípticos" de los que hablaba Umberto Eco...
-En realidad, más que "apocalípticos, me parecen demasiado optimistas. Observo una gran ingenuidad en aquellos que dicen que el futuro es el libro digital. Si miras las cifras de ventas, compruebas que estas no llegan a la tercera parte de los libros vendidos. De hecho, se han vendido más lectores electrónicos que libros digitales. Además de parecerme un dato muy divertido, esto me da un poco de pena, porque tendemos a favorecer la globalización y perdemos ese contacto maravilloso con el librero. También el hecho de ir a las librerías y hojear los libros.
-¿Realmente tiene buena salud la literatura canaria?
-En general me parece que la literatura canaria atraviesa un buen momento. Goza de buena salud porque hay una gran cantidad de autores y numerosas tendencias. Sin embargo, yo echo de menos narrativas femeninas, mujeres que escriban novelas. Tenemos narradoras breves muy interesantes, pero nos faltan novelistas.
»Por otro lado, pienso que también nos faltan editores: personas que leen un libro, lo valoran y deciden si ese libro puede ser algo bueno para ofrecerlo al público o no. En la actualidad hay mucha autoedición. Esto es bueno, porque ha democratizado la cultura, pero tiene el inconveniente de que en ocasiones llegan a las librerías productos que no tienen la calidad suficiente para ello. Es una pena, porque en esos libros uno ve mucho talento pero muy poca formación. En resumen, que el optimismo no debe llevarnos a ser ingenuos.
-¿Cuáles son las mejoras que necesitamos en el sector editorial?
-En primer lugar, aumentar la oferta editorial. El problema es que para aumentar la oferta editorial, esta debería ser rentable, y no lo es porque, en segundo lugar, nos falta un buen tejido de distribución. Cualquier editorial de Madrid o Barcelona tiene una tirada mínima de 2500 a 4000 ejemplares. En cambio, una editorial canaria no se puede permitir una tirada media de más de 1000 o 1500 ejemplares. Con esa tirada no llegan a copar las mesas de novedades ni de la mitad de las librerías del país. Con lo cual, el libro no se va a distribuir ni se va a vender. Yo nunca he defendido las subvenciones directas, pero nuestras instituciones deberían paliar esas deficiencias.
-Habitualmente le llaman para impartir charlas en los centros educativos. ¿Qué consejos suele dar a los alumnos que desean iniciarse en el mundo de la escritura?
-Que vayan a un psiquiatra [risas]. Y si aún así no me hacen caso, les suelo aconsejar que lean mucho, que tengan paciencia y que se vistan de humildad. Escribir es una carrera de fondo, un oficio muy ingrato. Tú puedes poner tus mejores intenciones en un libro y, sin embargo, puede no tener valor.
»Además, en cada libro te encuentras en el punto de mira. La literatura no se mide por autores, sino por libros. Los buenos lectores saben que ningún autor tiene garantizada la calidad de su texto. Hay autores horribles que han creado muy buenos textos y, por el contrario, hay autores magníficos que han escrito textos muy malos. Ese es el billete de lotería que compramos cuando decidimos que queremos escribir un libro. Hay que aprender a borrar, a tirar textos a la basura, a corregir constantemente y, sobre todo, acostumbrarse a que el libro nunca va a ser tan hermoso como cuando estaba escrito en tu cabeza. Por eso no es un trabajo placentero. Escribir te hace sufrir.
-¿Sigue siendo Madrid un destino demasiado lejano para los escritores canarios?
-Yo prefiero vivir y escribir aquí porque mi mundo creativo se encuentra también aquí. Uno siempre escribe con el paisaje esencial que viste en la niñez. Lo que sí me gustaría es tener una mejor distribución de mis libros fuera de las Islas.
(Entrevista publicada en el Canarias 7 el día 14/03/2012)
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