«Somos libres de concebir el yo como una entidad carente de centro, una contingencia histórica de principio a fin.»
Richard Rorty, Objetividad, relativismo y verdad
Por muy infalibles que parezcan, no existe ningún autor, sistema de ideas o doctrina filosófica que no tenga alguna brecha por donde se cuele el agua. Eso por no hablar de la dudosa entereza moral de muchos pensadores relevantes que han creado sistemas filosóficos sublimes y han escrito algunas de las páginas más memorables de la historia del pensamiento.
Por ejemplo, Nietzsche era un consumado misógino y un misántropo recalcitrante, Althusser un homicida cuyo crimen quedó sin castigo, Heidegger un filonazi que nunca se arrepintió ni pidió perdón por sus más que probados escarceos con el nacionalsocialismo.
Incluso el proyecto utópico de Platón, que pretendía inculcar la "paideia" a los gobernantes filósofos, fomentar la solidaridad entre los ciudadanos de la polis, combatir el egoísmo, "moralizar" la política y preservar la justicia mediante la estratificación social y la especialización funcional, encierra el germen de una sociedad cerrada y un estado totalitario, como mostró Popper en La sociedad abierta y sus enemigos.
Según el pragmatismo rortyano, el deseo de autonomía del individuo, de creación de sí mismo o de edificación de una personalidad, debe afrontarse como un proyecto abierto e inabarcable que se construye con los mimbres de muchas ideologías: "Pues estoy presuponiendo que cada uno tiene la libertad de crear el modelo del yo para adaptarlo a sí mismo, a sus ideas políticas, su religión o su noción privada del sentido de su vida. Esto presupone a su vez que no existe una `verdad objetiva´ sobre cómo es realmente el yo humano" (Objetividad, relativismo y verdad).
Como si de un traje a medida se tratase, en este orden que tratamos de imponer al caos de la contingencia, la flexibilidad tiene mucho más sentido que la rigidez, la ironía relativizadora más que la fe ciega e incólume, los matices y las excepciones más que el dogmatismo.
Quizás la libertad no sea más que el resultado del reconocimiento individual de esa contingencia y de conjugar los materiales a nuestro alcance para dar forma a las "marcas ciegas" que, como dice Rorty, llevan todas nuestras acciones. Desde luego, esta concepción de la libertad tiene más que ver con la noción de auto-realización -el concepto de "libertad positiva" de Isaiah Berlin-, que con la delimitación de un mero espacio de acción para su desarrollo -el concepto de "libertad negativa"-, aunque aquella implique necesariamente esta última.
Desde este punto de vista, los sistemas teóricos acabados que exigen obediencia absoluta por parte de sus acólitos tienen algo del formol con el que se conservan los cadáveres, de momias conceptuales que corren el peligro de desintegrarse desde que son expuestas al efecto del aire y la luz, de nicho de ideas que poco o nada tienen que ver con el perpetuo vaivén de las contingencias.
En ese proyecto de edificación personal, la esencia cuenta tanto como los accidentes, el centro como la periferia, los atributos como los componentes. Todo es necesario porque nada es imprescindible. El valor de una idea o un concepto no depende de su pertenencia a un corpus teórico más o menos definido y acabado, sino de su capacidad para reinventarnos según nuestras necesidades e intereses.
Por eso, parece recomendable la defensa de un eclecticismo que nos permita discernir entre diferentes opciones teóricas sin necesidad de ser tachados de heterodoxos por la hegemonía imperante. Una flexibilidad en el pensamiento para escoger de cada sistema, como si de un almacén de materiales se tratase, la materia prima para construir una identidad a nuestra medida.

Esta idea es compatible con la imagen rortyana del ser humano como una trama de ideas y creencias condicionadas históricamente. Y con la concepción del lenguaje como una caja de herramientas que nos permite hacer cosas nuevas redefiniéndolas, cosas posibles e importantes, cosas nuevas y diferentes. Bajo esta perspectiva, "toda vida humana es la elaboración de una complicada fantasía personal, y, a la vez, del recuerdo de que ninguna elaboración así concluye antes de que la muerte la interrumpa" (Contingencia, ironía y solidaridad).
Y añade: el problema de la "habladuría" es doble. Primero, porque se considera autosuficiente y, por lo tanto, se suele conformar con lo ya dicho y mil veces repetido. De esta manera la curiosidad por el verdadero conocimiento se debilita y es sustituida por la una comodidad burda y superficial. En segundo lugar, porque en virtud de esa comodidad, la "habladuría" no se molesta en buscar ni indagar más allá de sí misma.
No hacía falta esperar al desarrollo del "giro lingüístico" a partir del siglo XX en todas las ramas de la filosofía para popularizar lo que era una evidencia desde hacía mucho tiempo: que la posesión de un lenguaje constituye un salto evolutivo inconmensurable que nos diferencia del resto de los animales.
Después de mucho tiempo intentando asimilar y normalizar una situación impuesta por una política absurda que nada sabe de sentimientos, de repente, una noche surge lo inesperado. Como aquella noche del 13 de agosto de 1961, el ambiente en la del 9 de noviembre de 1989 ("la noche de las noches") también era de tensión. Pero esta vez no se trataba de la presión que ejercían las tropas armadas sobre la población civil, sino la que ejercía la población civil sobre las tropas armadas, que nunca recibieron instrucciones sobre cómo reaccionar ante una muchedumbre cada vez más enfebrecida.
A partir de ese momento triunfal, la historia empezaría a escribirse de nuevo. Un nuevo horizonte se abría ante los habitantes de una ciudad completamente destruida, luego dividida y repartida como botín de guerra entre las potencias ganadoras, posteriormente reconstruida y finalmente reunificada. Tras la caída del muro, por una vez, la estulticia y la sinrazón parecían ceder ante la libertad y la fraternidad.
Todo empezó la madrugada del 13 de agosto de 1961. Las crónicas de la época hablan de una noche calurosa después de un día sofocante. Poco después de la medianoche, las luces de la Puerta de Brandemburgo se apagaron y sus alrededores fueron ocupados por carros blindados y cientos de policías armados.
En todos los puestos fronterizos pronto se repetiría la misma imagen amenazante: grupos de lucha armados, barreras de alambre, carros de combate y, a ambos lados, una población atemorizada, incrédula y expectante. En la memoria siempre quedará el aciago destino de los que intentaron huir con más pasión que estrategia, al ver el cariz que tomaban los acontecimientos en aquellos primeros días de miedo y confusión.
Después de un sueño incómodo y turbio la noche anterior, la contemplación de la nieve silenciosa y serena mientras cae plácidamente sobre la calzada desierta, las aceras despobladas y los árboles huérfanos de hojas, conduce a un estado balsámico y relajante como el que produce la visión del mar en calma.
Como una tabula rasa de la que se ha borrado cualquier vestigio del pasado, sea glorioso o infame, el manto de nieve sugiere un comienzo sin memoria en el que cualquier cosa es posible, incluido lo improbable. Y sin embargo, a pesar de su conmovedora belleza, o quizás debido a ella, no deja de haber algo irreal y perturbador en esas formas desdibujadas por la nieve, como la meliflua atracción de una pesadilla que te atrapa sin remedio.
No hace falta un terremoto para sentir la tierra moviéndose bajo nuestros pies ni el vértigo que produce el paso del tiempo. Basta con mirarnos cada mañana en el espejo y comprobar, no sin cierta sensación de ignominia, las arrugas que nos han dejado tantos sueños postergados, tantas promesas incumplidas, tantos planes olvidados.
Profundizando en esta idea, Rorty afirmaba que sería muy saludable aceptar la contingencia de nuestros deseos y creencias, incluso de aquellos que consideramos más arraigados a nuestra forma de ser: «Cuando se ha aceptado esta contingencia, uno puede desembarazarse de la idea de que existen "exigencias humanas universales" que debería reconocer cada persona racional. En lugar de ello se dirá que los seres humanos podemos ser socializados (aculturados) en todo "tipo" de formas, todas compatibles con la supervivencia».
Negarle un sentido (trascendente, metafísico) a la vida no equivale a decir que no merece la pena ser vivida. Significa afirmar, con Sócrates, que lo que no merece la pena es una vida sin reflexión. Pero para que esa reflexión no caiga en la ingenuidad debe asumir el sentimiento trágico de la existencia.
Por eso para Nietzsche, al intentar ofrecer una respuesta a la adversidad, el cristianismo se convirtió en una "botica de narcóticos" contra la vida: no sólo creó unos "monstruos" aún mayores que los que pretendía combatir, sino que el remedio empleado contra el dolor de vivir se convertía en una deformación del vivir mismo.
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