Desde jovencita siempre tuvo una cierta tendencia groupie. Cada vez que descubría un grupo de música o un cantante de fama, automáticamente se enamoraba platónicamente de él, se compraba los discos y se plantaba en la puerta de los estadios para ir a los conciertos.
En cierta ocasión, cuando uno de los grupos de moda llegó a su ciudad, hizo noche en el lugar del concierto para verlos llegar y coger las primeras filas. Cuando acabó el concierto, se las arregló para ir a bambalinas a intentar conseguir una firma de los artistas y, si había suerte, una foto. Los artistas estaban tan pasados, que la trataron con desdén. No fueron nada simpáticos y dejaron ver las miserias humanas que todos tenemos, pero que no le perdonamos a las estrellas.
De esta forma, la groupie dejó de serlo y se juró que nunca más idealizaría a un artista de semejante manera.
Pasaron los años y nuestra protagonista acabó siendo una fanática de Internet: usuaria avanzada de las redes sociales, bloguera al uso y twittera como el que más. Desarrolló su perfil cibernético plenamente y llenó su agregador de blogs que devoraba todos los días. Con el tiempo, hizo la típica selección natural y se quedó con unos pocos, que eran los que seguía contra viento y marea. Era una defensora de la blogosfera a capa y espada, y para ella, su mundo real pasó a ser una traslación del virtual.
Un día se apuntó a un congreso, una de estas reuniones maratonianas en las que el mundo virtual y el real se tocan y se pone cara a los avatares. En una de las mesas redondas estaban sus bloggers de cabecera, algunos de los que seguía día a día, de los que ya conocía sus opiniones incluso antes de escribirlas y que ella hacía suyas.
Cuando terminó la mesa redonda se acercó a saludarles, en concreto a uno de ellos, al que más comentaba y del que más valoraba sus opiniones. Él la miró con condescendencia, no recordaba su nick y la trató con el mismo desdén que aquel cantante de hacía unos cuantos años.
Y así comprendió que había vuelto a caer. Había vuelto a ser groupie, de un blogger. Esta vez había sido una groupie cibernética.
[Imagen de FlyingPete / Morguefile]

El abogado no daba crédito, mientras el viudo recogía todo en una bolsa y no paraba de asentir con la cabeza, como si supiera de antemano lo que se iba a encontrar.