Los días que he pasado en La Red Innova estuve dándole vueltas a por qué no me enganchan muchas de las conferencias a las que asisto. No lo digo sólo por este evento concreto y tampoco lo digo sólo porque sea una impresión mía. Comentándolo con diversos asistentes a diferentes encuentros de este estilo, he detectado un discurso común.
He estado en mesas redondas en las que los panelistas son profesionales de peso y, por lo general, bastante bregados en ésto de dar conferencias. He asistido a puestas en escena espectaculares, con verdaderos showman haciendo malabarismos por levantar el ánimo de una sala. Pero a veces, ni siquiera eso es suficiente.
Y es que la comunicación está cambiando. Y está cambiando para todos. No sólo los medios tienen que adaptarse a una nueva forma de transmitir la información, ni son sólo los publicistas los que deben encontrar nuevas formas de llegar a los potenciales clientes. Los docentes y ponentes en general deben buscar maneras de llegar a un público que está cambiando radicalmente la forma de comunicarse.
Cada vez es menos habitual encontrar una audiencia que aguanta estoica a que un orador acabe de exponer su más o menos interesante diatriba para, en el mejor de los casos, hacer una o dos preguntas (preferentemente amables) sobre el tema.
Ahora, el público lleva un portátil o, algo más discreto pero igual de potente, un móvil. Mientras tiene lugar la ponencia, los asistentes twittean y publican en todas las redes sociales habidas y por haber lo que está diciendo el orador. Y lo que opinan. Un conferenciante avezado, debería mirar lo que se está twitteando sobre él a la vez que da la conferencia. Les aseguro que muchos se llevarían bastantes sorpresas.
Ser un "comunicador 2.0" (vamos a llamarlo así) implica responder a lo que el público está preguntando, no sólo en la sala física de la conferencia, también en Internet, ya que parte de su audiencia puede que lo esté siguiendo por streaming. También implica llevar un tema tan preparado y tan flexible que te permita reconducir el hilo del discurso si así lo requiere la audiencia. Les aseguro que muchos "gurús" de la sabiduría, instalados en su trono de magnificencia y conocimiento superior, no serían capaces de tremenda hazaña.
Capítulo aparte merece el asunto de las diapositivas que deberían acompañar a un "conferenciante 2.0", porque analizar algunos casos actuales podría llegar a ocasionar pesadillas.
Otro caso parecido son las mesas redondas. Hace tiempo que considero que una mesa redonda de más de tres personas, moderador aparte, no tiene mucho sentido. Si tenemos en cuenta que, a pesar de ser mesas redondas, todos los asistentes se empeñan en dar una mini ponencia introductoria y que luego se debate un asunto protagonista, el resultado se convierte en un batiburrillo difícil de seguir y del que apenas puede sacarse ninguna conclusión.
No debemos perder de vista que lo enriquecedor de una mesa redonda es el hecho de juntar distintas posturas sobre un mismo tema y ver los diferentes puntos de vista. Una mesa en la que todos están de acuerdo es bastante aburrida y plantear una mesa en la que el tema no admite discusión por obvio, tampoco es nada entretenida. Y, siguiendo con la línea de participación del público, una mesa redonda que no responda a las preguntas de los asistentes, virtuales o no, carece totalmente de sentido.
Pero bueno, voy a dejar aquí esta reflexión sobre la forma de exponer. Ahora sólo me toca aplicarme el cuento, no vaya a ser que algún asistente a alguna ponencia mía me tire de las orejas, que también puede ser ;-)