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HackForGood Canarias 2015

Cuando me preguntaron si quería mentorizar de nuevo en HackForGood, me hicieron una entrevista a modo de presentación. Una de las cuestiones era qué retos escogería si yo fuese participante y no mentora. Y me lo tuve que pensar, no se crean.

Imaginen que tienen que solucionar un aspecto social y que cuentan con la tecnología para hacerlo. ¿Cuál resolverían? Para empezar hay que pensar en todo lo que requiere de solución en este mundo y a mí eso ya me resulta una tarea de lo más titánica.

Desigualdades sociales, gestión de voluntariado, vulnerabilidad de los derechos humanos, abandono de animales, falta de educación general, medio ambiente en precario, tasas de paro por las nubes, abandono del medio rural... Si me pongo, no paro.

Y ahora, con todo eso, intenten elegir una cuestión e intentar aportar una solución tecnológica para mitigar el efecto negativo. El caso es que me llevó un buen rato responder a esa pregunta y me decanté por algún sistema que avisara de la vulneración de los derechos humanos. Pero porque tenía que decir uno, ya les digo.

Así que pensar en los participantes del HackForGood enfrentándose a estos retos y teniendo que seleccionar uno para intentar resolverlo este fin de semana, me resulta de lo más admirable. Chapó por ellos y por los propulsores de la iniciativa.

En mi esfuerzo por encontrar una respuesta coherente, hice listas de problemas y de posibles soluciones, así de tiquismiquis que soy. Lo cual me lleva a pensar en la cantidad de proyectos de innovación social están todavía por desarrollarse, es decir, la cantidad de problemas que podían mitigarse a través de la tecnología.

Entonces, ¿por qué no se hacen? Lo desconozco, pero por imaginar, se me ocurre que los fines sociales nunca han generado dinero.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 18 de abril de 2015, acompañando al artículo En HackForGood las 'smart cities' también incluyen 'apps' sociales.



Se está poniendo de moda esto de los debates en Twitter. Se crea un hashtag, se establece un horario y determinados perfiles se ponen a disposición de los tuiteros que quieran preguntar.

Mi compañera Almudena Sánchez (@abresesion) ha sido una de las precursoras de este tipo de debates a nivel político con sus TuitDebates y cuando me lo comentó en su momento me pareció una de las mejores ideas tuiteras que había escuchado hasta la fecha. El soporte es lo suficientemente dinámico como para que resulte un debate fresco y atractivo.

A pesar de ello, le veo unos cuantos inconvenientes de peso. Para empezar, se genera mucho ruido: cuantos más tuiteros intervengan, más difícil es seguir las conversaciones. Se entrecruzan los tuits y es necesario un análisis posterior para descifrar los hilos. Por otro lado, los retuits y los tuits vacíos generan un ruido añadido en la conversación.

Debates en Twitter

En algunos casos, el debate puede convertirse en una mesa redonda en la que los contertulios se quitan el micro para intervenir. Por eso me atrevo a hacer un par de recomendaciones, tanto para los organizadores de los debates, como para los que intervienen en ellos:

- Si organizas un debate, intenta que no hayan muchos perfiles respondiendo preguntas. Particularmente más de dos contertulios ya me parece excesivo.

- En caso de que sea necesario aumentar el número de perfiles que respondan preguntas, sería interesante repartirse los temas a responder. Así se evitarían respuestas duplicadas que aumentan el ruido en la conversación.

- Cuando tengas muchos perfiles respondiendo, es interesante tener un soporte auditivo que los mantenga a todos conectados para coordinar. Por ejemplo, a través de Skype o de Hangout. De esta forma hay menos posibilidades de duplicar respuestas y coordinar la conversación.

- Sé puntual. Si has dicho que empiezas a una hora, asegúrate de presentar el debate a esa hora e intenta que alguien rompa el hielo con la primera pregunta.

El huevo en Twitter- Antes del debate, establece unas líneas de conversación. Es interesante que todos los perfiles que van a responder sepan las normas básicas de Twitter (cómo utilizar los hashtags, cómo responder a un nick, evitar tuits partidos, etc...). Y sobre todo, asegúrate de que ninguno de los perfiles que responden tenga un huevo como imagen (totalmente #fail).

- Antes del debate también, no vendría mal elaborar algún documento visible al público en alguna página web en la que se explicara de qué va a ir el debate, con los nicks de los perfiles que van a responder, el horario y toda la información adicional necesaria para participar. Si a eso le añadimos unas pequeñas normas de netiqueta, ya lo bordamos.

- A lo largo del debate seguro que se mencionan otros hashtags relacionados, pero que no todo el mundo tiene que conocer. En esa página de seguimiento, se pueden ir incorporando junto con su explicación, así como los enlaces de interés que se vayan nombrando a lo largo del debate. Quedará así un documento muy útil que servirá incluso de resumen posterior.

- Y si estás del otro lado, del de los que preguntan, intenta ser educado en la conversación. Intenta no añadir ruido al debate y sé conciso. Recuerda que se trata de preguntar y que te respondan, no de acaparar el hashtag solo para ti.

En resumen, la idea de los debates en Twitter es buena, pero tenemos que perfilar la forma en la que los ejecutamos. No olvidemos de que todavía seguimos experimentando en estos soportes, pero también viene bien sacar conclusiones de vez en cuando ;)

Y a ti, ¿se te ocurren más consejillos que añadir a la lista?

Siempre me han gustado las matemáticas, así que en mi trayectoria escolar no tuve problemas para aprobarlas. Pero no me gustaba nada la filosofía, por ejemplo, y tenía todas las papeletas de la rifa para suspender esa asignatura.

Tuve la inmensa suerte de dar con Arantxa, la profesora que se empeñó en que yo aprobara y que me exigía hasta la médula para razonar aquellas teorías que a mí me parecían infumables. Con el tiempo, no puedo más que agradecer el entusiasmo de esta profesora y cómo consiguió transmitírmelo.

El mismo entusiasmo que me transmitió Carlos cuando me contaba cómo llegó a la conclusión de que sus alumnos debían saber para qué servían las matemáticas. Me contó su caso particular, parecido al mío, en el que no supo para qué le podía servir una fórmula hasta que tuvo que aplicarla en la carrera y luego en su primer trabajo.

Él no quiere que sus alumnos pasen por esa tesitura y por eso se mete en estos fandangos. Los centros en los que da clases no suelen tener recursos para comprar robots o software carísimo como a veces exige una institución pública alejada de las aulas y la realidad. Pero afortunadamente, esos centros cuentan con algo mucho más valioso: profesores con entusiasmo y ganas de enseñar.

Blog de Carlos Morales Socorro, inspirador de esta columna de opinión. Vota el proyecto de Carlos en la competición ODS (busca RoboTIX y vota), antes del 1 de mayo de 2015.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 11 de abril de 2015, acompañando al artículo Fórmulas matemáticas en la ESO que ponen en marcha a un robot.

Coche con placa de ArduinoMe gusta mucho la filosofía colaborativa. Supongo que es una evolución lógica de la filosofía 2.0, esa que nos dice «comparte más de lo que recibes».

Pues bien, de tanto compartir en Internet, nos hemos dado cuenta de que si colaboramos, las cosas salen mejor. Por eso están surgiendo tantas iniciativas 'co': el coworking, los colaboratorios y hasta la coeconomía.

Ya nos lo decían en La Bola de Cristal: «solo no puedes, con amigos sí». Si a eso le sumamos la crisis por la que estamos pasando, que alguien te eche una mano para minimizar gastos o para reinventarte en tu vida profesional no tiene precio.

No todo el mundo entiende este tipo de forma de trabajar. Los crowdfunding, las causas a través de Internet y, en general, el poder de las masas no cuadran en muchas cabezas carpetovetónicas. Es normal, al que no está acostumbrado a dar le extraña que los demás compartan con tanta facilidad.

Pero a mí particularmente me gusta mucho, como les decía. Dar una vuelta por un makerspace esquivando los robotillos de Arduino por el suelo y alucinar con las simulaciones de huesos que hacen en LpaFábrika, entre otras cosas, puede suponer un subidón de adrenalina.

Y un refuerzo en la idea de que, si compartimos y colaboramos, la cosa funciona mejor.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 14 de marzo de 2015, acompañando al artículo Un 'makerspace' para imprimir ideas y experimentar con robots.

Hay algunas cosas que no entiendo de este mundo tecnológico que me ha tocado vivir. Bueno, más que no entender, no las comparto. Por ejemplo, me resulta de lo más cutre que los usuarios de iPhone no puedan cambiar la batería sin pasar por el servicio técnico. También me enveneno cuando tengo que llevar dos cargadores diferentes en el bolso, porque mi tableta y mi móvil, pese a ser los dos de Samsung, no comparten la misma clavija. Me mosquea mucho que se resquebraje la pantalla del móvil por darle un ligero toque. Y también que a mi cuñado le haya dejado de funcionar su home cinema de Sony justo a los cinco años de comprarlo.

Y de todo esto, lo que más coraje me da, es la cara que tiene que poner el pobre del servicio técnico de turno cuando te dice eso de «te va a salir más barato comprarte uno nuevo». En esos momentos, no sé por qué, me vienen imágenes de la posguerra española a la cabeza, de las colas de racionamiento y de la época en que se sacaba harina del cosco. ¡Ni tanto ni tan calvo, hombre! Algún punto medio tiene que haber.

Quieren que consumamos tecnología y, lógicamente, eso me parece bien. Pero con cabeza. Los móviles y las tabletas no son especialmente baratos, como para tener que andar con mil ojos para que te duren los años que la casa ha decidido que deben durar. Porque ya no es solo cosa de que los cuidemos, si la obsolescencia programada es a los cinco años, se acabó el cacharro por más que lo hayamos tenido entre algodones.

Así que no me extraña que los dispositivos por bloque estén empezando a estar en auge. Ya no solo es cuestión de que son más baratos y a la larga contaminan menos el medio ambiente, también te dan la libertad de hacerlo como quieras y, por qué no, de imprimirlos en una impresora 3D cuando nos dé la gana.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 7 de febrero de 2015, acompañando al artículo Hágalo usted mismo, la corriente DIY llega también a la tecnología.

Me gustan los modelos de negocio disruptivos, no lo puedo evitar. Descubrir que las cosas se pueden hacer de otra manera totalmente diferente, siempre que sea para bien, me entusiasma. De hecho, la tecnología en sí misma puede parecer una práctica disruptiva de la vida. El ordenador es un elemento claramente disruptivo, antes de su existencia muchas cosas se hacían de forma totalmente distinta. Y qué decir de Internet, que supone un cambio espectacular en muchos ámbitos. Tantos, que ha generado otros cambios rompedores como la forma en que accedemos a la información o la manera en que muchas personas se ganan la vida.

Entiendo que no siempre es de gusto de todos y que en negocios que llevan años funcionando de una forma determinada, un cambio tan drástico provoca, cuando menos, varios quebraderos de cabeza. Pero me gustan las iniciativas como Uber, que molesta mucho a los taxistas. O Spotify, que molesta a las discográficas. También Whatsapp o Telegram, que incomodaron a las operadoras telefónicas. Y ahora le toca el turno a los bancos, que ven asomar las orejas al lobo.

No es que me guste incomodar por el simple hecho de hacerlo, para nada, pero síme gusta ver todas las posibilidades de un sector. Si añadimos que no me gusta el acaparamiento de recursos, me parece que este tipo de nuevos modelos de negocio hace que las empresas se tengan que espabilar, sacar su lado creativo e intentar mejorar las condiciones de sus consumidores. Y ahí ganamos todos. No hay nada como una sana competencia para poner las cosas en contexto. Así que viva la disrupción, que vengan esas nuevas propuestas e intentemos no caer en el anclaje a las cosas que se han hecho siempre «porque sí». Las nuevas propuestas tecnológicas no tienen por qué ser malas.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 31 de enero de 2015, acompañando al artículo Enviar dinero por 'e-mail', un paso más de Google al sector bancario.

Cuando viajo siempre voy pendiente de las conexiones a Internet y, de un tiempo a esta parte, de los locales de coworking. Llámenlo necesidad laboral o puro vicio, da igual, el caso es que necesito tener bien localizados estos dos agentes en mis desplazamientos, ya sean de trabajo o de vacaciones. Es automático, nada más llegar a un lugar estoy busteletrabajaro idóneo para plantar mi portátil, por si acaso.

Mi costilla, paciencia reencarnada en persona, hasta me ayuda y se enfada tanto como yo si no consigo trabajar a gusto. De esta forma he llegado a plantearme prolongar estancias en determinados lugares porque no interfiere en mi trabajo. Luego siempre llega un momento en que tengo que volver, porque mi trabajo todavía exige cierto grado de presencia física en mi ciudad.

Pero si yo me planteo esta filosofía de trabajo, ¿cómo no voy a pensar que lo hagan en otros países? El teletrabajo está bastante más desarrollado fuera que aquí, como otras muchas cosas. Si a eso le sumamo que en Canarias tenemos un clima excepcional, resulta una perita en dulce para todos aquellos que vienen de climas más fríos. Al fin y al cabo, aquí seguimos en Europa y nuestras ciudades son bastante cosmopolitas.

Particularmente me encanta verlos pasear por Las Canteras y asistir a reuniones con ellos. Vienen rojos como cangrejos, intentando chapurrear español, pero contentos. Y la experiencia que tienen y sus conocimientos no tienen precio. Así que ganamos todos.

Esto me lleva a pensar que no todos los turistas son buenos. Frente al tópico del hooligan al que estamos acostumbrados por estos lares, creo que prefiero a este tipo de visitantes. Me da la impresión de que destrozan menos, respetan más y ambos podemos aprender de nuestros conocimientos. Y además repiten.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 24 de enero de 2015, acompañando al artículo Turismo tecnológico, otra forma de promocionar las Islas Canarias.

La Torre de BabelHay un mito bastante conocido y que recordamos mucho estos días en los que se habla tanto del Open Data. Se trata del mito de la Torre de Babel que a mí me llama particularmente la atención.

Cuenta la leyenda que después del Diluvio Universal, todos los habitantes de la Tierra hablaban el mismo idioma y todo iba viento en popa. Tan bien iba la cosa que decidieron crear una torre altísima, como símbolo de prosperidad. Cuando Dios la vio, pensó que lo estaban desafiando y como castigo a la soberbia hizo que la gente dejara de entenderse. Es decir, creó los diferentes idiomas.

El mito, en teoría, nos debe servir como ejemplo para no creernos más que nadie. Pero amíme llama la atención que el castigo fuese tan drástico: ¡hala, a partir de ahora no te vas a poder poner de acuerdo con el vecino! Y claro, ahí ya se empieza a liar todo.

Todo esto viene porque cuando los datos se ponen a disposición del público en Internet, se deben poner siguiendo un formato determinado para que todo el mundo pueda leerlos. Si yo pongo los datos para que solo los pueda leer un programa concreto, que además es de pago, esos datos no son abiertos. Serán públicos, pero no abiertos. De esta forma decimos que eliminamos el mito de la Torre de Babel. ¿A que suena bonito?

Pues ojalá esta táctica se aplicara a otras muchas facetas de Internet. Sería bastante interesante que los estándares se extendiesen a los formatos de los archivos, por ejemplo. Así no oiríamos tanto eso de «no puedo abrir el fichero que me mandaste» o eso otro de «es que esta página no se ve bien en Explorer» o también lo de que «tienes que instalar otro códec de vídeo para verlo». Porque si bien es cierto que Internet ha puesto la información al alcance de todo el mundo, también ha hecho que la Torre de Babel crezca lo más grande.

[Imagen: La Torre de Babel, pintura al óleo sobre lienzo de Pieter Brueghel el Viejo. Fuente: Wikipedia]

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 17 de enero de 2015, acompañando al artículo Open Data, la filosofía que pone los datos a disposición del público.

Todavía estamos quitándonos el regusto a polvorón de la boca y yo ya tengo mi lista de deseos para las próximas navidades. Está claro que las fiestas americanas son otras, pero que CES caiga justo el día de Reyes hace que tenga el corazón dividido. Menos mal que para eso está Internet, para ver las novedades aunque esté a miles de kilómetros de distancia.

Así que mi vuelta al trabajo incluye una gran dosis de baba frente al monitor, echando de menos aquellas ediciones de SIMO en las que veíamos los avances informáticos de primera mano, en territorio nacional. No es lo mismo que CES, por supuesto, pero daba el pego, oiga.

SIMO 2010

El caso es que andaba yo el jueves con la mente perdida entre sensores, robots humanoides, drones de bolsillo y tabletas con biromes estándar cuando recibo la llamada de mi amigo Pedro que requería de mi ayuda para trasladar los contactos de su viejo móvil al nuevo. Mi primera opción era preguntarle si tenía sus contactos en la nube, pero ruego recordé que mi amigo es algo reacio a las innovaciones y le pregunté el modelo del móvil que quería jubilar.

Por supuesto, estábamos hablando de un modelo bastante antiguo, de los que solo sirven para llamar y en los que los botones ocupan más espacio que la pantalla. En resumen, un troncomóvil. Rebusqué en el baúl mental de los recuerdos y recordé el proceso para hacer el traslado de los contactos, una tarea que no sé si mi amigo ha conseguido llevar a cabo, pero que a mí se me antoja algo prehistórica.

Todo este asunto me hizo reflexionar de nuevo sobre la brecha tecnológica y esas grandes desigualdades que se producen en la humanidad cuando el acceso a la tecnología no es igual para todos. Ya ven, en Las Vegas están pensando en coches que se conducen solos y Pedro aún buscando su agenda...

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 10 de enero de 2015, acompañando al artículo Internet de las Cosas y los drones dominan las tendencias en 2015.

Hemos arrancado 2015 con la aprobación de la nueva Ley de Propiedad Intelectual, así que los que tenemos la Web 2.0 como filosofía de vida no estamos muy contentos. Se hace cada vez más complicado trabajar en un mundo en el que compartir está penado y la difusión de la información empieza a ser un delito.

Por eso es interesante apuntar en los propósitos de año nuevo el intentar no cejar en el empeño. Y en el caso de que nos falle el ánimo, viene bien buscar la inspiración en otras personas que nos hacen ver que otro mundo es posible.

Ayer tuve la suerte de ver el documental "El hijo de Internet: la historia de Aaron Swartz" y reconozco que, pese a la tristeza del final, el empeño de Swartz me sirvió de bastante motivación.

Aquí les dejo con el vídeo, subtitulado en español, por si tienen curiosidad y les apetece verlo. Si les interesa saber algo más sobre "el control de Internet", es un buen documento. Y si no, también sirve como fuente de inspiración, que falta nos hace. Feliz año!!

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