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Hay algunas cosas que no entiendo de este mundo tecnológico que me ha tocado vivir. Bueno, más que no entender, no las comparto. Por ejemplo, me resulta de lo más cutre que los usuarios de iPhone no puedan cambiar la batería sin pasar por el servicio técnico. También me enveneno cuando tengo que llevar dos cargadores diferentes en el bolso, porque mi tableta y mi móvil, pese a ser los dos de Samsung, no comparten la misma clavija. Me mosquea mucho que se resquebraje la pantalla del móvil por darle un ligero toque. Y también que a mi cuñado le haya dejado de funcionar su home cinema de Sony justo a los cinco años de comprarlo.

Y de todo esto, lo que más coraje me da, es la cara que tiene que poner el pobre del servicio técnico de turno cuando te dice eso de «te va a salir más barato comprarte uno nuevo». En esos momentos, no sé por qué, me vienen imágenes de la posguerra española a la cabeza, de las colas de racionamiento y de la época en que se sacaba harina del cosco. ¡Ni tanto ni tan calvo, hombre! Algún punto medio tiene que haber.

Quieren que consumamos tecnología y, lógicamente, eso me parece bien. Pero con cabeza. Los móviles y las tabletas no son especialmente baratos, como para tener que andar con mil ojos para que te duren los años que la casa ha decidido que deben durar. Porque ya no es solo cosa de que los cuidemos, si la obsolescencia programada es a los cinco años, se acabó el cacharro por más que lo hayamos tenido entre algodones.

Así que no me extraña que los dispositivos por bloque estén empezando a estar en auge. Ya no solo es cuestión de que son más baratos y a la larga contaminan menos el medio ambiente, también te dan la libertad de hacerlo como quieras y, por qué no, de imprimirlos en una impresora 3D cuando nos dé la gana.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 7 de febrero de 2015, acompañando al artículo Hágalo usted mismo, la corriente DIY llega también a la tecnología.

Me gustan los modelos de negocio disruptivos, no lo puedo evitar. Descubrir que las cosas se pueden hacer de otra manera totalmente diferente, siempre que sea para bien, me entusiasma. De hecho, la tecnología en sí misma puede parecer una práctica disruptiva de la vida. El ordenador es un elemento claramente disruptivo, antes de su existencia muchas cosas se hacían de forma totalmente distinta. Y qué decir de Internet, que supone un cambio espectacular en muchos ámbitos. Tantos, que ha generado otros cambios rompedores como la forma en que accedemos a la información o la manera en que muchas personas se ganan la vida.

Entiendo que no siempre es de gusto de todos y que en negocios que llevan años funcionando de una forma determinada, un cambio tan drástico provoca, cuando menos, varios quebraderos de cabeza. Pero me gustan las iniciativas como Uber, que molesta mucho a los taxistas. O Spotify, que molesta a las discográficas. También Whatsapp o Telegram, que incomodaron a las operadoras telefónicas. Y ahora le toca el turno a los bancos, que ven asomar las orejas al lobo.

No es que me guste incomodar por el simple hecho de hacerlo, para nada, pero síme gusta ver todas las posibilidades de un sector. Si añadimos que no me gusta el acaparamiento de recursos, me parece que este tipo de nuevos modelos de negocio hace que las empresas se tengan que espabilar, sacar su lado creativo e intentar mejorar las condiciones de sus consumidores. Y ahí ganamos todos. No hay nada como una sana competencia para poner las cosas en contexto. Así que viva la disrupción, que vengan esas nuevas propuestas e intentemos no caer en el anclaje a las cosas que se han hecho siempre «porque sí». Las nuevas propuestas tecnológicas no tienen por qué ser malas.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 31 de enero de 2015, acompañando al artículo Enviar dinero por 'e-mail', un paso más de Google al sector bancario.

Cuando viajo siempre voy pendiente de las conexiones a Internet y, de un tiempo a esta parte, de los locales de coworking. Llámenlo necesidad laboral o puro vicio, da igual, el caso es que necesito tener bien localizados estos dos agentes en mis desplazamientos, ya sean de trabajo o de vacaciones. Es automático, nada más llegar a un lugar estoy busteletrabajaro idóneo para plantar mi portátil, por si acaso.

Mi costilla, paciencia reencarnada en persona, hasta me ayuda y se enfada tanto como yo si no consigo trabajar a gusto. De esta forma he llegado a plantearme prolongar estancias en determinados lugares porque no interfiere en mi trabajo. Luego siempre llega un momento en que tengo que volver, porque mi trabajo todavía exige cierto grado de presencia física en mi ciudad.

Pero si yo me planteo esta filosofía de trabajo, ¿cómo no voy a pensar que lo hagan en otros países? El teletrabajo está bastante más desarrollado fuera que aquí, como otras muchas cosas. Si a eso le sumamo que en Canarias tenemos un clima excepcional, resulta una perita en dulce para todos aquellos que vienen de climas más fríos. Al fin y al cabo, aquí seguimos en Europa y nuestras ciudades son bastante cosmopolitas.

Particularmente me encanta verlos pasear por Las Canteras y asistir a reuniones con ellos. Vienen rojos como cangrejos, intentando chapurrear español, pero contentos. Y la experiencia que tienen y sus conocimientos no tienen precio. Así que ganamos todos.

Esto me lleva a pensar que no todos los turistas son buenos. Frente al tópico del hooligan al que estamos acostumbrados por estos lares, creo que prefiero a este tipo de visitantes. Me da la impresión de que destrozan menos, respetan más y ambos podemos aprender de nuestros conocimientos. Y además repiten.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 24 de enero de 2015, acompañando al artículo Turismo tecnológico, otra forma de promocionar las Islas Canarias.

La Torre de BabelHay un mito bastante conocido y que recordamos mucho estos días en los que se habla tanto del Open Data. Se trata del mito de la Torre de Babel que a mí me llama particularmente la atención.

Cuenta la leyenda que después del Diluvio Universal, todos los habitantes de la Tierra hablaban el mismo idioma y todo iba viento en popa. Tan bien iba la cosa que decidieron crear una torre altísima, como símbolo de prosperidad. Cuando Dios la vio, pensó que lo estaban desafiando y como castigo a la soberbia hizo que la gente dejara de entenderse. Es decir, creó los diferentes idiomas.

El mito, en teoría, nos debe servir como ejemplo para no creernos más que nadie. Pero amíme llama la atención que el castigo fuese tan drástico: ¡hala, a partir de ahora no te vas a poder poner de acuerdo con el vecino! Y claro, ahí ya se empieza a liar todo.

Todo esto viene porque cuando los datos se ponen a disposición del público en Internet, se deben poner siguiendo un formato determinado para que todo el mundo pueda leerlos. Si yo pongo los datos para que solo los pueda leer un programa concreto, que además es de pago, esos datos no son abiertos. Serán públicos, pero no abiertos. De esta forma decimos que eliminamos el mito de la Torre de Babel. ¿A que suena bonito?

Pues ojalá esta táctica se aplicara a otras muchas facetas de Internet. Sería bastante interesante que los estándares se extendiesen a los formatos de los archivos, por ejemplo. Así no oiríamos tanto eso de «no puedo abrir el fichero que me mandaste» o eso otro de «es que esta página no se ve bien en Explorer» o también lo de que «tienes que instalar otro códec de vídeo para verlo». Porque si bien es cierto que Internet ha puesto la información al alcance de todo el mundo, también ha hecho que la Torre de Babel crezca lo más grande.

[Imagen: La Torre de Babel, pintura al óleo sobre lienzo de Pieter Brueghel el Viejo. Fuente: Wikipedia]

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 17 de enero de 2015, acompañando al artículo Open Data, la filosofía que pone los datos a disposición del público.

Todavía estamos quitándonos el regusto a polvorón de la boca y yo ya tengo mi lista de deseos para las próximas navidades. Está claro que las fiestas americanas son otras, pero que CES caiga justo el día de Reyes hace que tenga el corazón dividido. Menos mal que para eso está Internet, para ver las novedades aunque esté a miles de kilómetros de distancia.

Así que mi vuelta al trabajo incluye una gran dosis de baba frente al monitor, echando de menos aquellas ediciones de SIMO en las que veíamos los avances informáticos de primera mano, en territorio nacional. No es lo mismo que CES, por supuesto, pero daba el pego, oiga.

SIMO 2010

El caso es que andaba yo el jueves con la mente perdida entre sensores, robots humanoides, drones de bolsillo y tabletas con biromes estándar cuando recibo la llamada de mi amigo Pedro que requería de mi ayuda para trasladar los contactos de su viejo móvil al nuevo. Mi primera opción era preguntarle si tenía sus contactos en la nube, pero ruego recordé que mi amigo es algo reacio a las innovaciones y le pregunté el modelo del móvil que quería jubilar.

Por supuesto, estábamos hablando de un modelo bastante antiguo, de los que solo sirven para llamar y en los que los botones ocupan más espacio que la pantalla. En resumen, un troncomóvil. Rebusqué en el baúl mental de los recuerdos y recordé el proceso para hacer el traslado de los contactos, una tarea que no sé si mi amigo ha conseguido llevar a cabo, pero que a mí se me antoja algo prehistórica.

Todo este asunto me hizo reflexionar de nuevo sobre la brecha tecnológica y esas grandes desigualdades que se producen en la humanidad cuando el acceso a la tecnología no es igual para todos. Ya ven, en Las Vegas están pensando en coches que se conducen solos y Pedro aún buscando su agenda...

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 10 de enero de 2015, acompañando al artículo Internet de las Cosas y los drones dominan las tendencias en 2015.

Hemos arrancado 2015 con la aprobación de la nueva Ley de Propiedad Intelectual, así que los que tenemos la Web 2.0 como filosofía de vida no estamos muy contentos. Se hace cada vez más complicado trabajar en un mundo en el que compartir está penado y la difusión de la información empieza a ser un delito.

Por eso es interesante apuntar en los propósitos de año nuevo el intentar no cejar en el empeño. Y en el caso de que nos falle el ánimo, viene bien buscar la inspiración en otras personas que nos hacen ver que otro mundo es posible.

Ayer tuve la suerte de ver el documental "El hijo de Internet: la historia de Aaron Swartz" y reconozco que, pese a la tristeza del final, el empeño de Swartz me sirvió de bastante motivación.

Aquí les dejo con el vídeo, subtitulado en español, por si tienen curiosidad y les apetece verlo. Si les interesa saber algo más sobre "el control de Internet", es un buen documento. Y si no, también sirve como fuente de inspiración, que falta nos hace. Feliz año!!

SorpresaCada año que pasa estoy más convencida de que me ha tocado vivir en una época excepcional. Si echo la vista atrás y hago repaso de todas las innovaciones que he tenido la ocasión de presenciar, no puedo por más que pensar que pertenezco a una generación privilegiada, por lo menos a nivel tecnológico. Es cierto que también hemos vivido la crisis y las grandes carencias sociales, pero pienso cómo hubiese sido pasarlas sin todos los adelantos que tenemos y la cosa hubiese pintado bastante peor.

Hemos tenido el privilegio de asistir y ser partícipes de una revolución, la de Internet, que no ha requerido de guerras y ha marcado el cambio de una era. Nos ha dado voz y nos ha permitido saber lo que pasa en cualquier rincón del mundo, por muy espeluznante que sea. Ha democratizado la comunicación y ha permitido que muchas personas informen de los desmanes que se producen a diario en el planeta. Seguimos mirando para otro lado, cierto, pero ya no tenemos la excusa de que no lo sabíamos.

Tenemos la ocasión de estar todo el día conectados con los demás y, aunque hay quien puede verlo como una desventaja, en general supone un gran avance social. Vivimos en una era en la que cada día surgen innovaciones, tanto a nivel científico como tecnológico. La mala utilización por parte de los gobiernos ya es harina de otro costal, nada nuevo. Hemos salido al espacio, descubierto la cura de enfermedades mortales, inventado prótesis para los que pierden algún miembro, abaratado los costes de las innovaciones y acercado el futuro a los que viven en el pasado.

Las nuevas generaciones seguirán innovando, pero no se sorprenderán tanto porque estarán más acostumbrados. Así que permítase su cuota de sorpresa, porque todavía queda mucho por venir.

[Foto de Alvimann en Morguefile].

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 3 de enero de 2015, acompañando al artículo Comienza el año de una sociedad más hiperconectada aún si cabe.

Con los alumnos de IcadePro en PitchingTime 2014

Hay un libro de Alan Sillitoe que, aunque no me terminó de convencer en el contenido, siempre me acuerdo de su título. Se llama La soledad del corredor de fondo y me viene a la memoria siempre que tengo la cabeza a reventar de ideas, pero no veo la forma de llevarlas a cabo. En mi caso es por falta de tiempo, lo reconozco, pero sé de muchas personas con buenas ideas que las terminan dejando en el tintero porque están solas y no saben cómo llevarlas a cabo.

En esta bendita tierra, y supongo que en muchas otras también, tenemos cierta costumbre de no compartir las ideas por miedo a que nos las copien. Lo puedo entender, no hay nada más frustrante que ver cómo otro se lleva los beneficios de algo que tú habías pensado antes.

Pero llegados a este punto de la historia, en el que Internet reduce considerablemente los grados de separación de las personas, el valor de las ideas está muy por debajo que el de llevarlas a cabo. Si no materializas una idea, no sirve de nada. Así que estamos en el momento justo de lanzarnos a la piscina.

Como desgraciadamente tenemos una tasa de paro que no se la salta un torero, es posible que encontremos profesionales dispuestos a trabajar en nuestro proyecto si le ven trazas de futuro.

También es el momento del crowdfunding, de las pequeñas inversiones, de exponer nuestras ideas en la plaza pública y encontrar gente igual de apasionada que nosotros para embarcarse en nuestros proyectos. Hay que buscar a los profesionales que nos pueden ayudar, encontrar las comunidades en las que podemos tener éxito, investigar, apasionarnos con nuestro trabajo y creer en él. Siempre con cabeza, por supuesto, pero dejando de lado esos miedos a que nos copien las ideas.

Siempre llega un momento en el que hay que pasar a los hechos.

Nota: Esta columna de opinión salió publicada en la sección "Enredad@s" de la edición impresa de Canarias7 el 13 de diciembre de 2014, acompañando al artículo Solo con la idea no vas a ningún lado, también necesitas un equipo.

Hacía tiempo que no le daba la bienvenida a un blog desde Atarecos, pero estrenamos "Sala de espera" en la parrilla bloguera de Canarias7. Y es que, aunque hay quien dice que los blogs están muertos, personas como Pedro J. Martín se empeñan en demostrar lo contrario.

Blog Sala de espera

Martín es médico especialista en Medicina Familiar y Comunitaria en el Consultorio de Cruce de Arinaga (Agüimes, Gran Canaria), así que su blog seguro que será de mucha utilidad para los lectores en cuestiones de salud.

Ya tiene su flamante primera entrada, con un título tan sugerente como "A propósito de Internet y su uso en la salud". Como comprenderán, incluyendo la palabra "Internet" en el título, ya me tiene ganada para la causa ;)

Así que, amantes de los blogs y la buena lectura, actualicen sus agregadores, suscripciones o lo que quiera que utilicen para estar al día con sus lecturas, que tenemos blog nuevo en la red.

Amigo invisible online

Llegan las fiestas navideñas y muchos utilizan el famoso juego del "amigo invisible" para hacer los regalos en las empresas y en las familias. Y siempre viene el mismo problema, cómo repartir las papeletas para que no salgan duplicadas o no tener que regalarte a ti mismo.

Pues bien, aquí viene un servicio web para intentar minimizar los problemas organizativos: www.amigoinvisibleonline.com. Solo hay que poner la lista de participantes, sus correos electrónicos y la lista de exclusiones (ya sabes, que una pareja no se regale entre sí).

El servicio web se encarga de realizar el sorteo y de enviar un correo electrónico a los participantes, indicando a quién le ha tocado regalar este año. Sencillo y fácil.

Así que si eres como yo y estas fiestas te tocan la moral, seguro que te vendrá bien un poco de ayuda online para minimizar el impacto. Felices fiestas ;)

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