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C. Inza
Arrecife
Los agricultores siguen sin levantar cabeza. La falta de agua y el viento han arruinado en gran parte las cosechas de batata y papa. Los productores se han visto obligados a replantar y combaten la sequía con garrafas y cubas contratadas, ya que se niegan al riego con agua reutilizada por poco sana. Las pérdidas son graves.
En algunos puntos de la Isla, sobre todo en el ecosistema del jable, en la zona de Soo y San Bartolomé, hacia Mozaga y Zonzamas, las pérdidas han sido muy graves, afectando especialmente a la batata, donde muchas cosechas han sido prácticamente arruinadas.
También en el norte, en Los Valles, Haría, Máguez, Los Llanos y la zona del volcán de La Corona, los fuertes vientos de las últimas semanas han hecho desaparecer las producciones de papas, con cosechas que han visto reducir su producción en algunos casos hasta en un 80% o incluso más. Basta darse una vuelta por los campos de la isla y preguntar a los sufridos agricultores para comprobar de nuevo su frustración de cara al futuro.
A la sequía pertinaz, que de nuevo se ha cebado con el campo, se han unido esta vez los fuertes vientos del noreste, y ni las melgas de centeno, ni los improvisados cortavientos, con cajas de madera y aulagas, han logrado evitar los desperfectos.
Las consecuencias han obligado a muchos agricultores a tener que replantar de nuevo, a contratar cuadrillas para reponer las pérdidas, con lo que eso conlleva, no sólo en pérdida de rentas generales, sino en un gasto extraordinario, difícil de asumir por el sector.
A ello hay que añadir el impacto de la falta de agua, que se combate a base de cargar garrafas o de contratar cubas y camiones, con el coste añadido que supone para las ya de por sí mermadas rentas, sin que exista ningún tipo de ayuda o subvención que alivie los altos costes.
En total según los datos pluviométricos oficiales de la Granja del Cabildo, las lluvias este año no han dejado más de 40 o 50 litros, según las zonas, y con lluvias muy repartidas y escasas. Si bien es verdad que en muchas áreas existe infraestructura de riego, en la mayoría de los casos el agricultor se niega a utilizarlas por tratarse de aguas residuales, que según éstos, a la larga acaban propiciando enfermedades, especialmente para el cultivo y los terrenos.
Con todos estos inconvenientes, a los que se unen la constante pérdida de rentas, la ausencia de unos precios de mercado que garanticen unas mínimas ganancias, la carencia de mercados hortofrutícolas que reduzcan la presión de intermediarios y sabiendo que en la mayor parte de los casos, los pocos agricultores que aún subsisten en la isla rondan una media de edad de entre los 60 y 70 años, salvando el caso de algunos jóvenes. El futuro del sector agrícola puede estar llamado a desaparecer en muy poco tiempo.
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