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El fin del petróleo barato

«No es tan importante la fecha concreta de ese cénit de los líquidos del petróleo, como la visión del permanente declive posterior global, como ya parece que estamos comenzando a vislumbrar»

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Juan Jesús Bermúdez / Las Palmas de Gran Canaria

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En marzo de 1998 dos reputados geólogos, especializados en exploración petrolera, tanto como profesionales de las grandes empresas del sector como en el ámbito de las consultoras especializadas, Colin J. Campbell y Jean H. Laherrère, publicaron en la prestigiosa Scientific American, el artículo The end of cheap oil (El fin del petróleo barato), con una entradilla que rezaba lo siguiente: «La producción global de petróleo convencional comenzará a declinar mucho antes de lo que la gente piensa, probablemente en el plazo de 10 años». 10 años después, efectivamente, el petróleo barato ha terminado. La advertencia formulada hace una década por estos geólogos venía a recoger el guante de otra similar que ya realizara el importante geofísico Marion K. Hubbert, en 1949, cuando advirtiera en la edición de febrero de 1949 de Science en Energy from fossil fuels que la extracción de cualquier combustible fósil describía una curva en la que se llegaba a un techo y posteriormente declinaba, acuñándose posteriormente para esa figura el nombre de Curva de Hubbert, que es precisamente la que ha definido de forma acertada tanto el declive del petróleo americano como el de varias decenas de países que cada día extraen menos del subsuelo.

En el artículo de 1998 Campbell y Lahèrrere expusieron que la crisis energética resultante de este declive definitivo del petróleo convencional será muy diferente a las anteriores de 1973 y 1979, dado que ésta última tendría un carácter permanente: nunca más la oferta de crudo dará para abastecer a la demanda, y ésta última necesariamente tendría que ajustarse a aquella. Los autores, partiendo de la dificultad de estimar reservas petroleras, desmienten las publicitadas especialmente por los países de la OPEP, al no corresponderse con los descubrimientos pertinentes y previos, y deberse esa decisión de incrementar las reservas declaradas (en un proceso que tuvo lugar entre 1985 y 1990) a una estrategia de incremento de cuotas de exportación. Así, ya en la fecha de publicación del artículo, alrededor del 80% del petróleo que se extraía había sido descubierto antes de 1973, y no se estaban reponiendo esos viejos descubrimientos con otros nuevos. Además, como advirtieron los fundadores de ASPO, pese al incremento considerable en la perforación, los años 90 (y también los años transcurridos del siglo XXI, añadimos) supusieron un declive importante de los nuevos hallazgos: De hecho, como afirmaron, esta tendencia declinante se mantiene desde los años 60. Siguiendo a Hubbert, afirmaban que la estimación del cenit – que precede al declive definitivo posterior – tiene lugar cuando se ha extraído aproximadamente la mitad del crudo existente en un pozo: estimando entonces que el mundo podría recuperar todavía un billón de barriles de petróleo extraíbles, y que en 1998 se habían extraído 800 mil millones de crudo, se estaba a las puertas del cenit, como ahora podría estar teniendo lugar, especialmente para el petróleo ligero convencional.

Ambos autores, a los que es preciso agradecer el enorme esfuerzo divulgativo sobre esta compleja cuestión, han revisitado, diez años después, su aportación a la reflexión sobre el fin del petróleo barato. Afirman que la tesis que realizaron en su momento sigue vigente, y que los petróleos no convencionales no parecen estar tomando el relevo al comienzo del declinar del petróleo fácil, que la misma ASPO sitúa en el año 2005; recordando también que las importantes nuevas tecnologías han servido no para evitar el declive sino para ralentizarlo, en el mejor de los casos, especialmente en los grandes yacimientos. En el artículo de hace una década advertían, como hacen ahora, que no es tan importante la fecha concreta de ese cenit de los líquidos del petróleo, como la visión del permanente declive posterior global, una de cuyas primeras consecuencias sería un importante incremento de los precios y de la tensión económica y social, como ya parece que estamos comenzando a vislumbrar.

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