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Luis León Barreto, novela en Canarias

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Nicolás Guerra Aguiar / Las Palmas de Gran Canaria

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Desde la primera edición que conozco (1981) hasta su aparición en francés (2011), otras publicaciones ha tenido Las espiritistas de Telde, novela de Luis León Barreto, premio Blasco Ibáñez aquel año de 1981. Así, Interinsular Canaria (editorial que dirigió un sabio profesor, riguroso crítico y brillante poeta, Andrés Sánchez Robayna) la publica en 1986. La Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias la incluye en Biblioteca Básica Canaria, 1989, primera y seria aproximación a la producción literaria hecha en Canarias, por canarios o sobre Canarias. En 1996 la edita el Centro de la Cultura Popular, y hasta 2011 ha sido traducida también al italiano, alemán, inglés y rumano.
Su aparición en francés –Les Spirites de Telde- se encuadra en el proyecto que mi admirada colega Marie-Claire Durand Guiziou dirige bajo el título Lettres Canariennes (L’Harmattan, Paris), traducción de narradores canarios y que inicia en 2011 con la novela de Barreto (colabora Jean-Marie Flores, de la Universidad de Pau) y Mon héritage, Alma mon amour, del santacrucero Sabas Martín. Y como sé de su celo profesional, confirma que fue una de las más importantes novelas escritas por un componente de aquella discutida Narraguanche, jóvenes que empezaron a publicar en la década de los setenta gracias a distintos premios canarios (Benito Pérez Armas, Canarias -de Inventarios Provisionales-, Galdós) o peninsulares (Barreto fue finalista del Sésamo en 1970)…   Y aunque el crítico Rodríguez Padrón dejó escrito que en Canarias no hubo boom de la narrativa a la manera hispanoamericana, que fue una invención de todos, el bisturí diseccionador que es el paso del tiempo ha dejado el título de Barreto como una de las pocas obras representativas de aquella producción.
O lo que es lo mismo, desde que se empieza a hablar –quizás con apresuramiento- de eclosión novelística en Canarias a partir de los años setenta (en mi opinión hubo autores, pero no retumbante sonido a la manera del Teneguía), León Barreto destaca en medio de aquel algo que debe limitarse a lo que realmente fue. Y aunque su obra, variopinta y por distintos caminos, no puede circunscribirse a un título por más que Las espiritistas haya sido traducida a cinco idiomas, tampoco podemos obviar que solo hace dos años del trabajo de los profesores  Durant - Flores, claro ejemplo de que aquella novela (o quizás trinovela) sigue viva aunque peine treinta y dos años.
Y a cuarenta de distancia  de lo que tal vez fue excesiva ambición -la Narraguanche-, León Barreto reconoce que la novela negra de hoy en Canarias  (José Luis Correa, Alexis Ravelo, Francisco Quevedo…) ocupa un espacio literario que estaba vacío desde el triunfo de la anterior generación, aquella que se definió por una revolución narrativa en cuanto que les unieron características comunes, a saber: ruptura con aspectos pintorescos, costumbristas; acceso a las nuevas técnicas narrativas; no al narrador omnisciente; digresiones literarias; reflexiones en primera persona… Es decir, crearon una novela absolutamente distinta a la que hoy triunfa en Canarias, la representada -entre otros- por los actuales cultivadores de la policíaca.
Porque entre blanca espuma de cerveza-sin y menta poleo, hablamos en un espacio físico literaturizado en varias novelas de autores canarios. Barreto insiste en que la producción actual en Canarias –tal vez porque el lector se encuentra cómodo en una novela no comprometida, escapista, evasiva- no llega a lo que él llama Generación del 70, denominación quizás más acertada en cuanto que hay en ellos concomitancias generacionales. Así, y aunque solo se trata de coincidencias temporales en las publicaciones, cita dos títulos, Guad (1971), de Alfonso García-Ramos y Mararía (1973), de Arozarena. Y recuerda dos suyos, Ulrike tiene… y Estamos abriendo caminos… Nombra a J.J. Armas Marcelo, Alberto Omar, Delgado…, con novelas que significaron en su momento.
Y esta narrativa negra que hoy triunfa no es, en absoluto, original, en cuanto que hay antecedentes, insiste: Jaime Rubio Rosales, por ejemplo, ya la cultiva desde los años ochenta (Misterio en Ripoche Street), o él mismo  en Los días del paraíso, 1988, aproximación al género.
Más: se ve que los actuales escritores que andan entre los cuarenta – cincuenta años leyeron a Vázquez Montalván, Silva, y que la presencia de estos grandes maestros es notoria. ¿Que por qué triunfa actualmente? El caldo de cultivo es el ideal: las páginas de los periódicos vienen cargadas de sucesos delictivos, de intervenciones policiales; el mundo de la droga está a la vista, no hay más que pasear y observar. La noche –son muy aficionados a ella- muestra el submundo de una sociedad distinta a la que deambula por el día, pasea o va su trabajo.
Pero ya no con la novela negra solamente. Ocurre –y serena su mirada, escrutadora de todo lo que nos rodea mientras charlamos- que hay mucha narrativa muy floja, mucha poesía muy floja. Muchos de los autores actuales no son relectores de los clásicos, y eso se nota: es más, algunos ni tan siquiera los han leído. No son conscientes de que es preciso reescribir, revisar, recomponer, releer lo escrito. Y si es menester se rompen las cuartillas o se borra en el ordenador. Porque un libro, insiste, «debe trabajarse muy bien antes de que salga a la calle; después ya no hay remedio». Otro de los grandes problemas es que se considera la escritura como terapia, como necesidad de contar la vida personal… (A veces –opino- con calidad). Y coincidimos, en efecto, en que se lee poco. Las bibliotecas son, generalmente, espacios de estudio, de preparaciones de oposiciones y exámenes. Y si piden un libro, seguramente será un best-seller.
Sí, Luis es un novelista, a veces poeta. Pero yo lo prefiero como narrador. Y mis exalumnos  del Pérez Galdós que lo leyeron, también. Por eso hablaban con él cuando lo llevaba al aula, a impartir la clase de sus espiritistas: su mundo los embriagaba.

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