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Rafael Álvarez Gil
/ Las Palmas de Gran Canaria
El alivio europeo duró apenas horas. Al amanecer, los mercados financieros nos hicieron tropezar, una vez más, con la cruda realidad.
España tiene problemas internos a resolver más allá del debate sobre la eurozona. Tejido productivo incapaz de generar crecimiento, alto desempleo con perspectivas de aumentar, sobreendeudamiento privado de familias y empresas que impiden reactivar el consumo y, por último, desde hace una semana, el Estado asumirá el coste directo o indirecto del rescate bancario. Necesario a modo de mal menor pero que, a todas luces, certifica el fracaso de nuestra economía.
Los mandatarios internacionales viajaron a México a la cumbre del G-20 esperanzados por los resultados electorales en Grecia. Eso sí, los que han ganado son los mismos que en su día camuflaron las cuentas públicas ante la Unión Europea.
Todavía Mariano Rajoy no se ha dado cuenta que su independencia política es prácticamente nula. No debe permitirse lujos.
Si el Fondo Monetario Internacional cerraba la semana pasada indicando las medidas, nos gusten o no, a aplicar por España, el presidente del Gobierno no puede limitarse a decir que son meras recomendaciones. La respuesta no se hizo esperar. Ayer la prima de riesgo alcanzó cotas inauditas.
No parece que La Moncloa sea consciente de su descoordinación, reticencias e innecesarias idas y venidas. Debe tomar las riendas cuanto antes. No hay excusas parlamentarias. El PP goza de mayoría absoluta y el PSOE está dispuesto a pactar.
Ahora bien, ni unos ni otros tienen demasiado margen de maniobra para confeccionar el recetario de la salida a la crisis económica. Algo que en Alemania no pasa desapercibido y, a su vez, no están por la labor de ejercer una solidaridad europea indefinida sin cargas ni responsabilidades.
Desde hace unos días la credibilidad española se diluyó. El ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, compareció para protagonizar uno de esos episodios que socavan el prestigio de la democracia. Lo que ocurre es que todavía no somos del todo conscientes. Aunque el tiempo se agota.
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