Opinión
09/08/2008
Actualizada el 09/08 a las 13:46
Mirador de los días
Complejos nacionalistas
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Antonio Papell
Madrid
Algún día, después de más de treinta años de admirable y exitosa aventura democrática, tendremos que racionalizar el porqué absurdo del prestigio persistente del nacionalismo, ese "narcisismo colectivo", en palabras de Eric Fromm, que tanto ha contaminado nuestra convivencia y que, en principio, no debió haber sido más que la reacción pasajera tras una larga etapa autoritaria que impuso una artificial homogeneidad que exacerbó a todos. En realidad, la fiebre nacionalista de la periferia, respondida con escaso acierto por un castizo, inofensivo y cutre nacionalismo españolista, ha sido nuestro único problema de importancia en estos años, que ha incluido el más trágico de nuestros atrasos: la existencia de ETA.
Viene esto a cuento no tanto de los disparates circenses de Ibarretxe y de su comparsa nacionalista, a los que ya estamos patéticamente acostumbrados, cuanto a las estridencias últimas de un personaje originalmente discreto como José Montilla, empeñado en repudiar su ascendiente charnego y decidido a demostrar mediante una tragicómica beligerancia su condición sobrevenida de nacionalista de pro.
La historia es conocida: en la exacerbación de la segunda legislatura de Aznar, en la que éste, ensoberbecido, engendró una grave tensión centro-periferia, Maragall, enloquecido, arrastró al socialismo a una aventura que trascendió con mucho del simple catalanismo enunciativo para adentrarse en el campo insólito del nacionalismo pretendidamente progresista. Fruto de aquella embriaguez de quien había sido fecundo alcalde de Barcelona y acababa de situarse en coalición al frente de la Generalitat fue el proceso de redacción de un descabellado estatuto que tuvo que ser tamizado in extremis por Zapatero y Mas en memorable pacto. El furor ideológico de Maragall, que lesionó sin duda a todo el PSOE y que generó diferencias insalvables entre el político catalán y Zapatero, causó su caída política y el ascenso de su eterno segundo hombre, el gris Montilla, quien por su extracción había sido capaz de cristalizar la adhesión de las clases trabajadoras catalanas, en buena parte inmigrantes, en torno al PSC.
El andaluz Montilla, sin duda bien aclimatado a Cataluña pero mirado inevitablemente de soslayo por los nacionalistas que exhiben su pureza de sangre, ha creído preciso hacerse perdonar su origen y su mal catalán, y ha optado por hacer méritos: más nacionalista que sus socios de Esquerra Republicana, está presionando al Gobierno de su conmilitón Zapatero hasta más allá de lo razonable en unos momentos en que las exigencias catalanas, vistas siempre con lógico recelo por el resto de las comunidades autónomas, tropiezan ahora con el obstáculo sobrecogedor de la crisis económica.
Así las cosas, la actitud de Montilla, cuando es probable que hayamos alcanzado ya el preocupante "crecimiento cero" y tengamos que resignarnos a afrontar la recesión, y cuando parecen inminentes la renovación del TC y las resoluciones sobre los recursos interpuestos contra el Estatuto, es tan histriónica como francamente preocupante para la estabilidad de los equilibrios internos de este país.
Cuando muchos pensamos, como Dahrendorf y después de demasiado tiempo de manejar teorías identitarias, que ya es hora de defender el Estado nacional heterogéneo, "único marco en que los derechos civiles, en cuanto principios de participación, resultan efectivos", la pasión reivindicativa del socialista Montilla, quien confunde federalismo con confederalismo, reaviva un disenso que ya parecía mitigado con el eclipse de Maragall.
Con la desesperación propia de la impotencia republicana en la primera mitad del pasado siglo, decía Unamuno del regionalismo de entonces: "Que pida lo que quiera, y mejor que pedir que lo arrebate si puede; pero que no nos envenene, por Dios, la historia, la etnografía y la lingüística". Infortunadamente, la expansión unamuniana sigue teniendo hoy plena actualidad. El espíritu de la tribu de que hablaba Popper, como gran obstáculo para la modernidad, sigue siendo el prejuicio del centro-izquierda catalán, un sector de la política y de la opinión que, en Cataluña, debería representar el progreso, el internacionalismo, el europeísmo, el mestizaje y, por ende, la primacía de los derechos individuales sobre los fantasmas colectivos.
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