Opinión
29/08/2007
Actualizada el 29/08 a las 12:01
"Partido erróneo"
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Antonio Papell
Madrid
La empobrecedora experiencia de Ciutadans no ha servido para disuadir a los promotores de un nuevo partido-bisagra que, inspirado por Fernando Savater y encabezado por Rosa Díez, se dispone a irrumpir en el ambiente preelectoral en que ya estamos sumidos. 'ABC' informaba este miércoles de que la nueva plataforma, que todavía no tiene nombre y que nace bajo los auspicios del movimiento ciudadano Basta Ya, se presentará el 29 de septiembre en Madrid; con anterioridad, el 7 de septiembre, Rosa Díez oficializará su salida del PSOE, de la que es eurodiputada, y su disposición a encabezar el partido naciente.
Como es bien conocido -Rosa Díez nunca lo ha ocultado-, la disidencia que origina esta operación proviene del fracaso de la coyuntural asociación no nacionalista que, encabezada por Jaime Mayor Oreja (PP) y con el apoyo de Nicolás Redondo Terreros (PSE-PSOE), intentó provocar la alternancia política en Euskadi en las elecciones del 2001, cuando los efectos de Lizarra estaban todavía en todo su esplendor. El PNV-EA consiguió entonces 33 escaños, uno más que la suma del PSE-PSOE (13) y el PP (19). Con posterioridad, aquella alianza nunca formalizada por escrito, pero bien interiorizada por un sector relevante de la sociedad vasca, fue decayendo a medida que cambiaron las circunstancias. Pero algunos movimientos sociales como Basta Ya y personas como Rosa Díez siempre mantuvieron obsesivamente la tesis de que el objetivo monográfico de la política vasca, incluso de la política española, había de ser la derrota de ETA y el desplazamiento del nacionalismo. Redondo Terreros, que estaba en esta tesitura, fue relevado al frente del PSE y Rosa Díez, enviada a Europa, nunca ocultó su posición discrepante con las nuevas políticas auspiciadas por Zapatero, lo que le produjo cierta marginalización por parte de aparato.
Ahora, la formación en ciernes pretende -según la información escueta de que se dispone- ser "un partido nacional defensor de un Estado fuerte que lime los excesos de los nacionalismos periféricos y las hipotecas clientelares y localistas que en opinión de sus promotores lastran tanto al Partido Socialista como al partido Popular". Para ello, la plataforma defenderá una reforma de la Constitución que "blinde las competencias estatales y cierre definitivamente el debate territorial". En esta línea, propondrá una reforma de la ley electoral que "evite el excesivo peso" de los nacionalistas en la gobernabilidad de España. Su pretensión es convertirse en "bisagra no nacionalista" desde la que pueda mediatizar a los grandes partidos.
Sucede sin embargo que, en primer lugar, con estos mimbres no se construye un partido, que ha de basarse en la definición y defensa de un completo y complejo 'modelo de sociedad'. Lo que Díez y Savater pretenden es erigir un grupo de presión, no un partido político, que es otra cosa. Y, en segundo lugar, la capacidad de liderazgo de Rosa Díez está por ver: es conocida por ser una mujer valiente, muy clara frente a la horda terrorista y sus amigos, pero su única experiencia en el intento de subir peldaños en la política nacional, su candidatura a la secretaría general del PSOE frente a Zapatero en el 2000, terminó en estrepitoso fracaso.
Decía D'Ors que "los experimentos, con gaseosa". Y, efectivamente, estas magníficas ideas de personalidades valiosas como Savater y Díez deberían salir del terreno experimental y mantenerse en el campo del posibilismo. En nuestro modelo de representación, los partidos son elementos vertebrales de participación política, y lo saludable es que los aportes ideológicos se tramiten por su intermedio, y no mediante la creación de organizaciones nuevas, que tendrán grandes dificultades para conseguir espacio de subsistencia. Ocioso es decir que la ley electoral dificultará también el éxito de esta operación de laboratorio que se trama, y que encontrará además grandes dificultades para su financiación.
Por decirlo más claro, estos movimientos sociales que surgen al calor de una disidencia justificable y sin duda bien fundada -Ciutadans nació de la irritación de un grupo de intelectuales catalanes de izquierdas al comprobar la deriva nacionalista que Maragall imprimía al PSC-PSOE- deben aspirar a ser escuchados, a influir políticamente sobre la opinión pública y, por supuesto, sobre los partidos existentes, que tendrán que sentirse electoralmente amenazados por tales disidencias, con lo que previsiblemente no tendrán más remedio que rectificar. Ya se sabe que no es fácil intentar influir intelectualmente mediante la palabra y la idea, pero, desde luego, la ocurrencia de hacerlo mediante un partido nuevo, apenas vinculado a un criterio y sin el basamento doctrinal e ideológico que lo justifique, tiene muy escasas posibilidades de prosperar. La aventura será, en fin, un despilfarro de tiempo, de energías y de prestigio.
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